No es la economía. El asesor de Bill Clinton soplaría hoy este mensaje al oído de cualquier politico argentino que quisiera buscar la clave para poner al país en velocidad crucero rumbo al mundo global.
¿Es que no estamos bien direccionados? La economía crece cada año, acumulamos reservas, el planeta demanda nuestros alimentos, vivimos en democracia. Si, pero también multiplicamos los pobres, aunque los asistimos, cultivamos el virus de la inflación y rompemos los termómetros para ocultar infantilmente la fiebre. Los que más tienen acumulan más y al resto le queda la ilusión monetaria y clientelar, a manera de zanahoria, de poder comer una porción más digna de la torta.
Todo esto matizado por una cultura gobernante recostada en el pasado perpetuo, de las revoluciones que no fueron, de las utopías soñadas a punta de metralla y el endiosamiento de un líder muerto al que quieren transformar en mártir para lucrar electoralmente con el duelo y el mito. A este cuadro lo completa una oposición fragmentaria cuya meta de confluencia es la cancha inclinada que los reúna por gravedad en un embudo anti-kirchnerista.
Tal y como vamos, 2011 nos dará un nuevo presidente/a, giraremos en torno a la emergencia o la saciedad del bolsillo pero endosaremos otra vez a plazo incierto el cheque más abultado de una deuda impaga con nosostros mismos: el desarrollo político.
El desarrollo político ¿De qué hablo cuando planteo esta premisa aparentemente formal y algo abstracta?
Hablo de la diferencia entre parecer una democracia y serla. De la anomalía insalvable que nos lleva de caída en caída, con intermedios de recuperación eufórica y resaca asegurada a mediano plazo. Hablo de maduración colectiva, de estabilidad cultural en torno a la ley y de procesos de gestión que reemplacen a los de salvación nacional.
Dicho así parece mas bien central. Y lo es. Pero atravesamos nada menos que gran parte del siglo veinte invirtiendo las prioridades. Subordinando la evolución institucional a la quimera del desarrollo económico que jamás alcanzamos. Militarismos, personalismos, populismos, conservadurismos, liberalismos salvajes, nacionalismos rancios, dictaduras sangrientas. Probamos el menú más variado y exótico hasta desembocar en una democracia formal que desde 1983 convive con todos esos fantasmas nunca del todo desterrados.
¿En qué sistema vivimos?
En un sistema híbrido que conjuga autoritarismo y democracia en transición. Alguien podrá preguntarse con razón ¿Después de 28 años no pisamos sobre suelo firme? Tal vez sólo en la formalidad. Si se entiende por consolidación democrática el hecho de que no existan fuerzas alternativas organizadas para cambiar de régimen.
De Uriburu a Alfonsín hubieron 53 años de zozobra permanente donde la regla autoritaria tenía lapsos de excepción en los ensayos democráticos fallidos. En ese largo tiempo la violencia armada y la intolerancia política gobernaron los espíritus de varias generaciones a las que les fue imposible encontrar un contrato común. La Constitución misma era la Biblia arrumbada y manoseada junto al calefón de Discépolo.
Algo cambió en 1983. Y desde hace 28 años compartimos un acuerdo elemental que garantiza elecciones libres y derechos políticos como marco irreemplazable de nuestra vida comunitaria. Punto. No mucho más que eso y allí radica la anomalía de fondo.
EL politólogo italiano Leonardo Morlino dice que “en los años 80, los estudios sobre transiciones democráticas enseñaban que la consolidación vendría con la alternancia en el poder entre distintos partidos. Hubo alternancia, las democracias se consolidaron, pero también hubo partidos políticos y gobiernos que cayeron y otros que se instalaron en el poder, superaron las crisis y se quedaron con la idea de no abandonarlo más”.
Por eso hoy, en un mundo donde las potencias ya no exportan dictaduras ni tienen el margen para avalarlas a conveniencia, donde las redes sociales y la información global jaquean a los autócratas y multiplican los anhelos de libertades políticas y soberanía ciudadana, la democracia encuentra desafíos mas profundos que la mera forma. Ya no basta con dejar votar al pueblo periódicamente si el resto del sistema está corroído por el autoritarismo, la pobreza crónica, la falta de control eficaz de los poderes o la arbitrariedad en la aplicación de la ley.
El salto evolutivo hacia el desarrollo político parte de una ampliación del concepto: con la libertad no basta. La igualdad es una parte trascendente de la democracia. La igualdad en forma de derechos sociales, que cuestan dinero y se deben pagar.
Para lograr ese equilibrio entre Igualdad y libertad, las instituciones políticas deben jugar un papel crucial en la distribución de la renta, a partir de criterios ampliamente consensuados. Para ello hace falta docencia y conciencia sobre el sólido acompañamiento social que lo debe avalar.
Porque la distribución de la renta, sostiene Morlino, es también la gran tentación de quien está en el poder cuando decide responder a esa demanda a su manera, sobre todo si las instituciones no facilitan la respuesta. “En tal caso, puede darse -y de hecho se da- una situación de hegemonía partidaria o de liderazgos populistas que terminan yendo contra la calidad de la democracia.
El clientelismo, el intervencionismo arbitrario del Estado, la inseguridad jurídica, el capitalismo de amigos y la corrupción estructural son consecuencia y efecto de la falta
de instituciones políticas estables que impidan la propagación de esos males.
Es la Argentina 2011, la resultante después de 28 años de democracia. Con alternancia desordenada entre partidos que explotaron en fragmentos y gobiernos que estallaron en el aire, sin leyes electorales confiables ni previsibles, con provincias gobernadas por caudillos que aún hoy buscan la perpetuidad reeleccionista. Sólo basta recordar el escenario 2009 con mas de 700 partidos habilitados, listas colectoras cuantapropistas y candidatos testimoniales que jamás asumieron.
Las reformas aprobadas para este año, que incluyen internas generales unificadas, reglas de financiamiento, límite a la proliferación partidaria y boleta única en ciertos distritos, es apenas un maquillaje legal sin convicción ni consenso demostrado en la práctica. La prueba está en que su reglamentación y aplicación deja todavía numerosos interrogantes.
Sin lo mínimo no puede haber aspiración a lo máximo. La bajísima calidad de nuestra democracia está al desnudo en la mirada de cualquier observador. No bastan los pactos electorales de apuro, los enunciados retóricos sobre “una Moncloa nacional” que nunca supera la línea de los egos cortoplacistas de los candidatos. Debiera ser una premisa cultural de las nuevas generaciones.
Porque la condición de pordioseros institucionales crónicos se nota más cuando quedamos expuestos al contexto de vecinos que avanzan en la dirección correcta. Brasil, Chile, Uruguay ya recorren un camino evolutivo mas complejo, que permite plantear calidad democrática: el equilibrio deseado entre igualdad y libertad, discutir distribución de la renta sin trincheras ni vengadores, o someterse a la alternancia y a los controles republicanos del poder.
Ya no hay opción. No hay quimera económica que disimule el atraso y la vagancia para mirarnos al espejo de una vez por todas. Porque la democracia no es un bien renovable como el aire o el agua. Debemos cuidarla, desarrollarla y nutrirla. De lo contrario, en nuestra indolencia crónica puede que un día despertemos afixiados o sedientos y constatemos que, simplemente, desapareció.
Pablo Rossi