¿Las guerrillas de Néstor?
Un famoso locutor fue perseguido y hostigado por varias cuadras con insultos y amenazas al borde de la violencia física. Otra docena de periodistas del grupo Clarín aparecían escrachados con nombre y apellido en carteles anónimos que vinculaban su ejercicio profesional con la apropiación de hijos durante la dictadura. Hordas minoritarias y ruidosas visitan la puerta de algunos medios o domicilios particulares de columnistas políticos para amedrentar y neutralizar sus críticas contra el Gobierno. Kirchner lo hizo: logró constituir brigadas fascistas impugnatorias que patrullan las calles como policía del pensamiento en defensa de la causa.
Todo comenzó en aquellos días poderosos del atril del salón blanco cuando Néstor apuntaba alegremente con el dedo acusador a sus detractores ante un puñado de fanáticos aplaudidores. Podían ser ministros, gobernadores empresarios o ciudadanos puestos como escenografía risible ante cada picardía del jefe. Con todo el peso del Estado a su servicio, espiando la vida privada de los otros, el ex presidente arremetía rabioso contra los que osaban oponerse a su “modelo”, con el argumento falaz de ser un simple ciudadano con libre derecho de expresión.
Después le siguió la batalla contra el campo, Luis D elía cacheteando a manifestantes frente al obelisco, Guillermo Moreno copando Plaza de Mayo con patovicas a su servicio para acallar las cacerolas de Barrio Norte, los huevazos chacareros a los diputados oficialistas en Santa Fe y finalmente la guerra sin cuartel contra Clarín, donde el fin justifica cualquier medio para obtener la victoria. Al Gobierno le gusta presentar este desvarío callejero como la natural evolución del “conflicto de intereses” y el peor resultado es que importantes minorías hicieron propia la falacia.
Mientras el Parlamento sirve como entretenimiento previo al Mundial de Fútbol porque los legisladores disputan votaciones como goles en un potrero, la intolerancia gana batallas mayores que abren viejas cicatrices. Los políticos juegan como niños indolentes a neutralizarse mutuamente sin reparar que afuera se expande el sectarismo que destilan sus conductas. El canje de la deuda, el uso de reservas, el impuesto al cheque, o el Indec, se usan de excusa provisoria para destilar egos infantiles e inconducentes.
En Venezuela, el adelantado Hugo Chávez que se dispone a resistir en las urnas de setiembre, ya bautizó a sus propias hordas financiadas por el Estado como “guerrilla comunicacional”. Se trata de fanáticos entrenados para acechar a medios de comunicación y a periodistas que se opongan a la revolución bolivariana. La presentación se hizo en simultáneo con las “milicias populares”, compuestas por 30 mil personas entre los que se podían observar ancianos, amas de casa y jóvenes vestidos con uniforme y armados con fusiles provistos por el propio gobierno.
Es difícil recrear exactamente ese grotesco en la Argentina, pero no imposible. El concepto bélico de la política que impuso Néstor Kirchner es una enfermiza imitación a escala de las tropelías chavistas. Aunque parecía producto de la exageración de mentes afiebradas, el montonerismo conceptual del matrimonio gobernante deberá ser abordado con mayor responsabilidad política y alerta ciudadana.
(Columna publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba)




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