Malbec
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Estoy sentado en el centro del parque saboreando una copa de malbec. Ya no digo vino, digo malbec. El torso flaco, la piel algo bronceada. Pienso indulgente en la clase de tipo que soy a los 45 años. Nada mal. Doy vueltas a la copa. Toque de madera y pimienta con algo de frutos rojos. Es un retrato gourmet de la felicidad y lo celebro. Cierro los ojos y digo que soy puro paladar, olfato y tacto con mis pies húmedos sobre el pasto recién cortado. Digo que el viento de noviembre ondula los árboles y que trae perfume de jazmines mezclado con risas de vecinos. Miro también la casa, el jardín, la simetría de los pinos en el perímetro del terreno. Veo altos los pinos, enhiestos los pinos, catedralicios. Pienso que disimulan el horizonte conjugado de miseria y de country y con eso ya cumplen su misión.
Digo que soy feliz en esta tarde donde la felicidad es una construcción posible. La consigo en el estímulo simple de saborearla como quien se despacha un buen trozo de carne jugosa a la parrilla rociada con un vino generoso sin otra pretensión que acabar el momento feliz con el propio bocado, abrazando una conciencia sin culpa y un ego parrillero inofensivo.
Este soy yo en una tarde mansa de domingo. Con los diarios que yacen intactos en el recibidor y el resto de la familia que tampoco quiere contactos con el mundo. Porque a la familia le importan poco las estadísticas que dicen mejorar el cáncer del país. Es que mis hijos quieren ser artistas, no periodistas. Con papá es demasiado dice la familia reunida en la pérgola cada domingo de asado. Por eso papá, y porque lo despidieron hace dos meses de la radio, deja intocables los diarios envueltos en nylon y está sentado en el centro del parque saboreando un delicioso malbec y la lectura por quinta vez de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.
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Recuerdo que una amiga dijo hace bastantes años que mi mayor mérito había sido poner en sus manos ese libro después que yo había puesto en aquellas manos pálidas y hábiles mucho más que un texto. Esa es la maravilla de los libros. Su capacidad de dar placer resulta infinita y sorpresiva. Como el personaje de Hrabal en “Una soledad demasiado ruidosa”. Desde un viejo sótano donde había pasado treinta cinco años de su vida prensando papel viejo sostenía que cuando leía, en realidad no leía sino que tomaba una bella frase en el pico y la chupaba como un caramelo, la bebía como una copita de licor y la saboreaba hasta que, como el alcohol, se disolvía en la sangre para quedarse a vivir en su cerebro y en su corazón.
Es un placer ambiguo el de papá, piensa papá mientras sigue con la mirada los tonos violáceos dando vueltas a la copa. Un disfrute fugaz que adormece las ansiedades pero no responde al interrogante esencial. ¿Por qué no escribe papá? Acaso no dice para sí mismo que el acto de la escritura lo persigue como una eyaculación retardada. ¿Se habrá quedado seco papá de tanto esperar el momento justo, como quien espera el cuerpo de la amante adecuada, el libro indispensable, la inspiración prometida?
Es una cuestión de tiempo, dice alisándose el pelo todavía abundante pero algo cano y camina hasta su biblioteca a refugiarse en lecturas adolescentes, novelas leídas decenas de veces que provocan ahora en su cuerpo la misma sensación que un coito realizado por años con la misma mujer y en la misma postura. Placer domesticado y previsible que no por reiterado deja de serlo
- Pa, Antonio, por teléfono. Dice que es urgente -.
- Ahora no puedo. Lo llamo después -
Máximo frunce el ceño, deja el teléfono en la mesa y corre hasta donde estoy sentado, admirando la tarde y tratando de huir a la Roma imperial de los grandes sibaritas.
Dice que es urgente, que se fue todo a la mierda y que te necesitan en la radio



