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	<title>Pablo Rossi &#187; Novela</title>
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		<title>Malbec</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Dec 2008 19:04:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Pablo Rossi</dc:creator>
				<category><![CDATA[Novela]]></category>

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		<description><![CDATA[                                                                  &#8211; 1 -
Estoy sentado en el centro del parque saboreando una copa de malbec. Ya no digo vino, digo malbec. El torso flaco, la piel algo bronceada. Pienso indulgente en la clase de tipo que soy a los 45 años. Nada mal. Doy vueltas a la copa. Toque de madera y pimienta con algo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>                                                                  &#8211; <strong>1 </strong>-</p>
<p>Estoy sentado en el centro del parque saboreando una copa de malbec. Ya no digo vino, digo malbec. El torso flaco, la piel algo bronceada. Pienso indulgente en la clase de tipo que soy a los 45 años. Nada mal. Doy vueltas a la copa. Toque de madera y pimienta con algo de frutos rojos. Es un retrato gourmet de la felicidad y lo celebro. Cierro los ojos y digo que soy puro paladar, olfato y tacto con mis pies húmedos sobre el pasto recién cortado. Digo que el viento de noviembre ondula los árboles y que trae perfume de jazmines mezclado con risas de vecinos. Miro también la casa, el jardín, la simetría de los pinos en el perímetro del terreno. Veo altos los pinos, enhiestos los pinos, catedralicios. Pienso que disimulan el horizonte conjugado de miseria y de country y con eso ya cumplen su misión.</p>
<p>Digo que soy feliz en esta tarde donde la felicidad es una construcción posible. La consigo en el estímulo simple de saborearla como quien se despacha un buen trozo de carne jugosa a la parrilla rociada con un vino generoso sin otra pretensión que acabar el momento feliz con el propio bocado, abrazando una conciencia sin culpa y un ego parrillero inofensivo.</p>
<p>Este soy yo en una tarde mansa de domingo. Con los diarios que yacen intactos en el recibidor y el resto de la familia que tampoco quiere contactos con el mundo. Porque a la familia le importan poco las estadísticas que dicen mejorar el cáncer del país. Es que mis hijos quieren ser artistas, no periodistas. Con papá es demasiado dice la familia reunida en la pérgola cada domingo de asado. Por eso papá, y porque lo despidieron hace dos meses de la radio, deja intocables los diarios envueltos en nylon y está sentado en el centro del parque saboreando un delicioso malbec y la lectura por quinta vez de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.</p>
<p>.</p>
<p>Recuerdo que una amiga dijo hace bastantes años que mi mayor mérito había sido poner en sus manos ese libro después que yo había puesto en aquellas manos pálidas y hábiles mucho más que un texto. Esa es la maravilla de los libros. Su capacidad de dar placer resulta infinita y sorpresiva. Como el personaje de Hrabal en “Una soledad demasiado ruidosa”. Desde un viejo sótano donde había pasado treinta cinco años de su vida prensando papel viejo sostenía que cuando leía, en realidad no leía sino que tomaba una bella frase en el pico y la chupaba como un caramelo, la bebía como una copita de licor y la saboreaba hasta que, como el alcohol, se disolvía en la sangre para quedarse a vivir en su cerebro y en su corazón.</p>
<p>Es un placer ambiguo el de papá, piensa papá mientras sigue con la mirada los tonos violáceos dando vueltas a la copa. Un disfrute fugaz que adormece las ansiedades pero no responde al interrogante esencial. ¿Por qué no escribe papá? Acaso no dice para sí mismo que el acto de la escritura lo persigue como una eyaculación retardada. ¿Se habrá quedado seco papá de tanto esperar el momento justo, como quien espera el cuerpo de la amante adecuada, el libro indispensable, la inspiración prometida?</p>
<p>Es una cuestión de tiempo, dice alisándose el pelo todavía abundante pero algo cano y camina hasta su biblioteca a refugiarse en lecturas adolescentes, novelas leídas decenas de veces que provocan ahora en su cuerpo la misma sensación que un coito realizado por años con la misma mujer y en la misma postura. Placer domesticado y previsible que no por reiterado deja de serlo</p>
<p>- Pa, Antonio, por teléfono. Dice que es urgente -.<br />
- Ahora no puedo. Lo llamo después -<br />
Máximo frunce el ceño, deja el teléfono en la mesa y corre hasta donde estoy sentado, admirando la tarde y tratando de huir a la Roma imperial de los grandes sibaritas.</p>
<p>Dice que es urgente, que se fue todo a la mierda y que te necesitan en la radio</p>
<p><span id="more-31"></span></p>
<p>Justamente menciona el párrafo del libro que abandono esa tarde que no hay nada como enfrentar la furia de los elementos cuando amenazan con devorarlo todo. Adriano, el guerrero, solía gozar las tormentas en alta mar con la locura de los poseídos. Una vez que tomaba los recaudos posibles para salvar el barco del naufragio, su tripulación lo veía subir hasta el puente de mando y clavar la mirada en el horizonte. En esos momentos todo el mundo sabía que vivir o morir eran contingencias que ya no estaban al alcance de la mano o de la inteligencia. La existencia se convertía en puro azar o indulto de la naturaleza. Y esa silueta, reflejada en el haz de luz de un relámpago sobre la proa del barco, se me antojó siempre como una figura dramáticamente bella.</p>
<p>En este país &#8211; piensa papá mientras busca atrapar el argumento de un sueño- no hay dramas bellos ni héroes morales. Irse a la mierda es literalmente eso y tal vez mucho más Esto lo sabe cualquiera. Papá lo sabía, lo decía, lo advertía, creía que servía decirlo, prevenirlo. Papá creía en lo que decía porque los oyentes lo adoraban o lo aborrecían pero a nadie le era indiferente. Mientras el negocio funcionaba Papá creía o se la creía hasta que un día le pegaron una patada en el culo y de pronto descubrió la verdadera naturaleza de las cosas. Y pasó a tener la hiel de los conversos</p>
<p>Nos pasamos años resaltando los actos de supervivencia o de heroísmo de gente común como destellos de una grandeza recuperable. Mentira, se dijo un día papá, esa moralina solidaria y altruista que tiñe las noticias de una ilusión forzada. Dijo basta y abrazó la costumbre de enfocar esos personajes fugaces que amenizan el show y caen en desgracia a las pocas horas. Son preferibles, son descartables, no engatusan porque nadie les cree más allá de su rol temporal.. Los medios &#8211; sostiene papá desde hace años- trituran la diversidad, y uniforman la vida en pleno uso de sus libertades. Oponerse a ello desde adentro es jugar a ser bombero en un crematorio</p>
<p>¿Qué dirá la historia de este circo y de sus presentadores? ¿Qué dirá de nosotros la historia? &#8211; se pregunta papá -. Y siempre que se pregunta eso, papá se responde con más preguntas ¿Qué historia, publicada por quién y para qué?</p>
<p>Papá es bueno para preguntar y para ponerle puntos suspensivos a las cosas… no para responder</p>
<p>No escucho lo que dice Máximo. Ahora que habla papá en tercera persona de sí mismo y que trata de construir un escape feliz desde el centro del parque no es justo interrumpirlo. Ya demasiado con sacrificar los diarios que yacen en el recibidor, despreciados por una familia contaminada de información.</p>
<p>¿Qué quiere mi hijo? ¿Qué noticia tan importante perfora este muro de frases bellas y paisajes distantes cuya puerta abierta me conduce a una ilusión posible. Y vuelvo sobre el personaje de Hrabal, hundido en la sordidez de un sótano mugriento, repleto de ratas e iluminado sólo por una bombilla de luz mortecina. Sin embargo, ese ser gris y monótono dice: &#8220;con un libro en la mano abro mis atemorizados ojos a un mundo extraño, distinto de aquel en que me hallaba hace apenas un instante porque yo, cuando me sumerjo en la lectura estoy en otra parte, dentro del texto me despierto sorprendido y reconozco con culpa que vuelvo de un sueño, del más bello de los mundos, del corazón mismo de la verdad. Diez veces al día me maravillo de haberme alejado tanto de mí mismo&#8221;.</p>
<p>Que espere Máximo, carajo, y la radio que me necesita urgente y el país yéndose al mismo sitio del que nunca salió y el presidente seguramente huyendo con sus chupamedias por los túneles del nuevo subterráneo construido en Puerto Madero.</p>
<p>No señor, no se los permito. Que esperen todos y que el último apague la luz.</p>
<p>Esa habilidad de escapar a otros mundos comenzó cuando era chico. Mis primeras huidas se daban dentro de la armonía, las luces tenues y el equilibrio de un lugar fantástico que constituía algo así como una cueva de los milagros.<br />
Esas paredes conducían a un estado de gracia imposible de encontrar en las pensiones mugrientas que habitábamos con mi madre cuando la echaron del laburo.<br />
El lugar que proveía de aquel alimento era la casa de mis abuelos paternos. Suaves las voces, las miradas, los movimientos. Entraba por esa puerta y en pocos minutos me hallaba anestesiado, envuelto en un tiempo distinto del que transcurría afuera. Allí crecer era una experiencia de invernadero. Se leía en patios pequeños a resguardo del mundo. Hasta los viejos trajes grises del abuelo Adolfo olían a parsimoniosa lavanda. Creo que ni transpiraban los seres de aquella casa que ya no existe. Hablaban en susurros, usaban lámparas de veinticinco y hacían invisiblemente el amor. Nada malo ocurría dentro de esas paredes ajenas al sufrimiento</p>
<p>Dice Antonio que es peor que lo del 2001 ¿Oíste Papá? repite Máximo. Hay muchos muertos</p>
<p>Desaparece el sol y se alarga la sombra de los pinos hasta confundirse con el resto del horizonte. La copa baila pero el vino tiene ahora un tono morado y cavernoso. La bebo de un sorbo y respiro hondo en el centro del parque, tan cuidado con sus canteros bordeados, con sus lajas de piedra volcánica, con su piscina templada y sus flores exuberantes. Modesto sueño burgués hecho realidad. Lugar idílico que construí lentamente, primero con el pensamiento, luego con mis actos y siempre con una dosis de ambición razonable. Pienso que hasta el nombre de mi hijo le fue arrancado a una película de gladiadores romanos.<br />
Muy acorde con mi propensión al heroísmo desde que era niño y gustaba del aplauso y de imaginar que cuando salía a la calle formaba parte de una escena admirada y querida por miles de personas invisibles, que la vida era un teatro sutil y yo el primer actor de una larga temporada éxitos.</p>
<p>Desde que lo vi adoré a ese personaje memorable – Máximus – general de los ejércitos y restaurador de la república, vencedor hasta en el último aliento de todas las intrigas de la historia. Era tan evidente la mediocridad de su entorno, tan logrado su contraste de humanidad frente a las bestias de su tiempo que lo hice ingresar en mi propio camino.</p>
<p>Y ahora que interrumpe la calma un adolescente llamado Máximo, que es mi hijo, pienso mientras retengo en el paladar las caricias del vino, sentado en el centro de un parque que confundo con un teatro inexistente, pienso si el vicio por la simulación y por los libros leídos una docena de veces será la principal causa del fracaso repentino de papá. Un simulador profesional en un país inventado</p>
<p>- Papá. Me escuchas. Antonio dice que en Plaza de Mayo encontraron muerto a Marcos.</p>
<p>-¿Marcos?</p>
<p>- Sí, ¡Marcos!.</p>
<p>Un viento helado sacude los pinos. Desaparecen los espectadores del teatro inexistente que huyen despavoridos. La muerte violenta no está prevista en la función. Nunca lo estuvo. La muerte desde que yo recuerdo era siempre un misterio o un accidente. Las personas se ausentaban lentamente, erosionadas por alguna enfermedad o sucumbían como el padre de mi madre a los 35 años.</p>
<p>La mano pegada al cambio de la camioneta, el cuerpo duro y la mirada sin llegar a despedirse. Eran fatalidades, el corazón se detenía y la vida de los otros continuaba.</p>
<p>Marcos. Ese nombre. Ese tiempo.</p>
<p>No había muerte para nosotros en ese espacio que fue la infancia. En 1976 Alta Córdoba era casi como hoy se lo conoce. Cambiaban apenas algunas fachadas y las líneas de colectivos o las manos de las calles cada tanto. No había mayores sorpresas. Casas bajas, veredas anchas y asfalto despoblado. Desde su perspectiva podía adivinarse el corazón de la ciudad dentro del pozo. La altura de los edificios no era mayor que la indiscreción de los vecinos. Clase media, profesionales, comerciantes en vías de prosperidad o empleados satisfechos.<br />
Los primeros libros se parecían mucho a ese mundo sincronizado y pacífico. Los árboles despojados en el invierno de “Gustavito”, los chicos enfundados en bufandas azules, el calor de la estufa, la canción Aurora en la radio a las siete de la mañana, cuando todavía era de noche y la casa se impregnaba de café con leche y amor automático a la Patria.</p>
<p>¿Te acordás Marcos? Alta en el cielo un águila guerrera. La pelota de media antes de que toque el timbre. La escuela era un palacio venido a menos con sus muros grises y húmedos y sus galerías interminables. Aparecíamos en horda debajo de las arcadas y poblábamos un espacio que parecía imposible de llenar debajo de esos techos altísimos e inalcanzables. Puedo ver las rodillas raspadas y los delantales llenos de polvo de la cancha de básquet. Las gotas de transpiración caían acusadoras y violaban el peinado pulcro que me hacían en casa, raya al costado aparentemente indestructible por las gotas de limón que usaba como fijador. Colorados estábamos en esa fila mientras la maestra nos formaba con rigor de regimiento.</p>
<p>A ver chicos. Oración a la bandera: uno, dos. Bandera de la Patria, celeste y blanca, símbolo de unión…-</p>
<p>Yo si ahora recuerdo. Las calles apacibles llenas de personajes que parecían surgidos del texto escolar. El verdulero italiano que llegaba en su Rastrojero cubierto de lonas verdes y mascullaba un lenguaje incomprensible. Amaba el país y lloraba<br />
su tierra y mi abuela lo llamaba Don Pepe. La distinción involuntaria provocaba en ese hombre hosco, birome en la oreja y el mismo pullover la mitad del año, un efecto arrollador: cada miércoles inclinaba la balanza de mano a favor de ella como si convirtiera una yapa de papas o mandarinas en ramos de rosas rojas.</p>
<p>El que resultaba un tipo enigmático era el afilador. Con el sonido de la flauta anunciaba su ingreso y en aquel tiempo imaginaba ejércitos de ratas siguiendo sus pasos hechizadas. En realidad era sordomudo y los únicos sonidos que emitía eran con el instrumento y con la piedra de afilar incorporada a su bicicleta.</p>
<p>Tenía una mirada esquiva y tatuajes en sus brazos. Nunca voy a olvidar que las yemas de sus dedos estaban llenas de cicatrices y cada jueves incorporaba una nueva cuando probaba la efectividad de su trabajo en la piel. En la cuadra unos decían que había sido un delincuente peligroso y para otros se trataba de un sobreviviente del Holocausto. No sé si me lo contaron de ese modo o lo deduje pero por años creí que el Holocausto había sido un barco famoso que se hundió como el Titanic y que sólo transportaba judíos</p>
<p>sí eran las cosas en aquel tiempo. Difusas y breves, con explicaciones fantásticas o conjeturas increíbles. Recuerdo una mañana en el almacén de Don Campos, estaba pidiendo doscientos gramos de queso para rallar y un cuarto de galletas sueltas que surgían de unos tarros de lata ideales para construir peceras o máscaras submarinas.</p>
<p>Mi madre apareció en silencio, pagó inusualmente la cuenta porque siempre comprábamos al fiado y me arrancó del lugar con un ademán nervioso saludando apenas. Luego en casa y mientras reemplazaba el tarro por una bolsa de nylon, escuché que le decía a mi abuela.</p>
<p>Se lo llevaron<br />
¿A quién?<br />
Al hijo mamá. Anoche. Estaba en una reunión. Dicen que habló de más.<br />
Yo le dije a Don Campos<br />
¿Le dijo qué?<br />
Que lo cuidara<br />
Pero si era compañero de Pedro en Arquitectura y nunca estuvo en nada raro<br />
Eso jamás se sabe Blanca. Hoy en día parecer es peligroso</p>
<p>En aquel tiempo, casi como ahora, Alta Córdoba era un cuerpo armonioso recostado en un sol de otoño donde raramente existía ese tipo de accidentes. Y si lo había, el cuerpo armonioso y poco indiscreto, lo cicatrizaba rápido puertas adentro.</p>
<p>Marcos…No puede ser</p>
<p> </p>
<p>(continuará&#8230;.)</p>
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