El precio-país

 Van por todo. Esa frase les parecía en 2007 la exageración de algún opositor agorero a muchos empresarios que querían ver a Néstor Kirchner sólo como el eficiente administrador que estaban reclamando. Hoy, a esos mismos hombres de negocios les corre un frío por la médula espinal cuando observan la cacería oficial sobre Héctor Magnetto y el grupo Clarín. Porque temen ser los próximos. Pero como en el poema adjudicado a Bertolt Bretch, deberían haberse preocupado antes, cuando los pingüinos llamaban a las primeras puertas.

El caso Fibertel, con la anulación intempestiva del permiso para prestar servicios de Internet debería ser un expediente administrativo de Defensa de la Competencia. En cambio, es apenas el aperitivo de muestra que antecede al gran golpe que el Gobierno sueña como una estocada mortal a un enemigo declarado: la intervención de Papel Prensa a partir de pruebas de supuestos delitos exhibidas en formato cinematográfico y la cárcel para el CEO del holding que fundó Roberto Noble.

Lo notable de estas últimas horas es que muchos aparecen sorprendidos por una estrategia que se fue anticipando en cada apriete de Guillermo Moreno al mundo productivo, en cada mensaje cifrado de Julio De Vido a los hombres de negocios y en los arrebatos vanguardistas de algunos ex montoneros dedicados a la venganza por nuevos métodos, de su generación perdida.  “En los 70’ nos equivocamos con las armas. Hoy vamos por el poder económico”, confiesa uno de los más prósperos contratistas del Estado que contribuye comprando medios para ponerlos al servicio de la corona.

La voracidad crece a medida que van cazando presas. Fue el Gobernador Mario Das Neves de Chubut el que a su paso por Córdoba relató que por su provincia se pasea Rudy Ulloa Igor, ex chofer de Kirchner devenido en el zar los medios en Santa Cruz, poniéndole precio a cuanta FM, diario o canal esté a disposición. La misma versión por otras fuentes se repite en los medios de Capital Federal desde que el mismo personaje avanzó por Telefé. “Todas las semanas aparece un mensajero ofreciendo arreglar el precio y sacarle un problema a los españoles”, se confesó un conocido periodista que a diario confronta con el Gobierno desde una histórica radio de Buenos Aires.

La foto de los legisladores opositores denunciando el viernes que las acciones del gobierno contra Clarín ocultan “un ataque a las libertades individuales” es la constatación de dos realidades: la ambición desmedida del matrimonio y la fragilidad colectiva de sus rivales. Hasta ahora, aunque falta un tramo considerable para las elecciones, sólo pudieron unirse cuando responden contra Kirchner. Y ya se conocen en el país como terminan esas confraternidades por el espanto y no por la razón.

Hasta ahora “la caja”, el centro gravitacional del poder pingüino, está en sus manos sin mayores bajas. La promesa del Congreso opositor fue ponerle límites al sueño dinástico santacruceño que se funda en esos millones. Las presidenciales se comienzan a jugar hoy con los golpes al poder económico. En Olivos creen que el país entero  tiene precio y que ellos lo pueden pagar.

¿Realidad o cuento centenario?

Cruje el desacuerdo cívico poco social. Los radicales, expertos en disolución de su propio partido le piden a Elisa Carrió que no rompa lo que nadie sabe muy bien que es. ¿Una nueva Alianza? ¿Una concertación al estilo chileno?¿Un progresismo modelo Frente Amplio uruguayo? Ciertamente no es fácil definir ese espacio polígamo de amores diversos y egos más grandes que sus ideologías.

 Primero fue Julio Cobos, a quien el azar de una resolución ministerial convirtió en héroe momentáneo de la furia gaucha por las retenciones. Esa instancia, y la obstinación kirchnerista por felpudear a todo el mundo, lo transformó en la cenicienta de la política con su titubeante voto no positivo. Pasó del subsuelo de las encuestas como partenaire de Cristina a niño prodigio y mimado por las clases medias altas del campo y la ciudad.

La UCR del 2 por ciento de Moreau, Storani, Nosiglia y compañía veía surgir una nueva estrella a quien el partido había expulsado por traidor cuando lo arrasaba la ola transversal de los radicales K. Y Cobos creyó que la magia de la 125, como en los cuentos, sería para siempre. Jugó a ser opositor desde adentro de la Casa Rosada mientras el matrimonio lo perseguía quitándole granaderos, aviones y hasta el saludo. Funcionó por un tiempo y el mendocino se acostumbró rápido a las alturas inalcanzables de la imagen positiva. Pero en política, como en la vida, lo que el agua trae, el agua lleva.

Murió Raúl Alfonsín y la misma sociedad que jamás lo indultó por la hiperinflación y el pacto de Olivos, lloró por el final del único Presidente de la democracia que podía caminar por la calle sin que la justicia, el enriquecimiento o el descrédito lo acechen. Tal vez el remordimiento tardío se convirtió en el nuevo milagro para otro radical. Sin buscarlo expresamente, desde las exequias mismas de su padre, surgió la estrella ascendente de Ricardo Alfonsín.

Como si hubiera operado una verdadera reencarnación, el hijo en eterno segundo plano ahora hablaba, se vestía y cada vez más se parecía a su mentor extinto en las mejores épocas de juventud. Y resultó proporcional la escalada en las encuestas con el derrumbe de Cobos desojando la margarita con su renuncia al Gobierno. La interna en Buenos Aires dejó constancia de la vuelta de taba y los radicales vieron aparecer la desacostumbrada convivencia de dos liderazgos después de tanta sequía.

Ahora se acaba el cuento y vienen las preguntas. ¿Con Alfonsín y Cobos disputando el renacimiento del partido, pueden soñar con primeros puestos los socialistas y Carrió? El desafío que tienen los socios minoritarios es aceptar o no, como señala Pino Solanas,  ser el furgón de cola de los radicales. Esperar su interna y completar recién allí los casilleros que falten. La chaqueña que construyó en soledad sus distintos artefactos políticos no está dispuesta a regalar espacios ni a ceder el timón.

Los centenarios radicales tienen por delante la chance de engolosinarse en el Comité o refundar alianzas exitosas como fueron las de Chile o Uruguay.

Elogio de la conspiración

 Nunca habrá paz en el reino de los Kirchner. Alguna vez lo dijo Néstor y más tarde lo refrendó Cristina: aborrecen la calma de los cementerios y prefieren mil veces el conflicto. Por eso Argentina vuelve a ser ese territorio donde se cavan trincheras todos los días, brotan las antinomias más feroces  y  los neutrales se extinguen por inanición.

De allí que no existan fotos ingenuas y cada imagen represente un cuadro bélico. Los opositores convocados en la Rural para hablar de retenciones al lado del “comandante en jefe” Hugo Biocatti, la cena del martes pasado con los cinco mosqueteros federales en el departamento de Héctor Magnetto, o la panorámica de empresarios e industriales reclamando seguridad jurídica y combate a la inflación.

Si  al matrimonio le gusta la guerra es porque siempre se capitalizaron en las batallas mientras  se vendían como héroes reivindicativos de causas nobles. Eso les dio dinero y votos por igual, que supieron manejar con habilidad  en una empresa común. La invención o la resurrección de enemigos a toda hora ha sido su maniobra más redituable y nada indica que vayan a cambiar de estrategia.

Algunas encuestas reflejan por estos días que la imagen de ambos se viene recuperando lentamente. Ese fenómeno ocurre al compás de cierto  bienestar económico demostrado  en un consumo indetenible. Aunque los mismos sondeos los colocan perdidosos frente a un ballotage, y la emisión monetaria más la inflación amenazan con hacer explotar la burbuja, el ejército pingüino, sus amigos financistas y propagandistas espolean un tercer período monárquico.

Desde este escenario ¿son conspirativas las fotos de opositores y empresarios unidos, entre otras cosas, por el espanto a la perpetuación del poder kirchnerista? Definitivamente si. Pero no debería escandalizar a la trinchera pinguina  que las consecuencias de sus actos autoritarios y estratégicos tengan respuestas proporcionales. Unos de los intelectuales cercanos al gobierno, Horacio Gonzalez, integrante de Carta Abierta, naturaliza la conspiración como un elemento indisoluble del comportamiento político.

La pregunta es si habrá racionalidad además de espanto en los conglomerados opositores que se animan a romper el miedo persecutorio del oficialismo. En el departamento de Magnetto, Duhalde, Solá, Reutemann, De Narvaez y Macri  no arribaron a ningún acuerdo superador. Apenas si depusieron sus egos a la hora de los postres pero sin mayores compromisos que el del sentido común para ocupar posiciones en 2011.

Como se sabe, Reutemann dijo por enésima vez que no será candidato. A Macri lo intentaron convencer de que jamás podría  reunir al peronismo sin fisuras detrás de su marca PRO. Duhalde quiere quedar como la salida inevitable pero Felipe cuenta con la venia silenciosa y el apoyo de Francisco, que promete repetir en Buenos Aires y del ex gobernador de Santa Fe para diputarle las internas. Por ahora se conforman con que el caudillo de Lomas de Zamora no se venda otra vez como el titiritero del sector.

 Arduas  batallas se insinúan en el horizonte. Por ahora son aprontes de guerra en un país donde aumentan las salideras bancarias y las trincheras en la misma proporción.

El cirujano todavía acusa

Hace diez años se quitaba la vida René Favaloro y le dejaba a una sociedad enferma su aporte póstumo: una carta con el filo de un bisturí que se hundía en la carne fresca de la corrupción imperante. Cansado y porfiado no estaba dispuesto a ceder a la cultura del retorno. “No puedo cambiar, prefiero desaparecer”. En ese testamento moral se despacha contra sindicalistas coimeros, políticos indolentes y empresarios cómplices de un sistema de salud devorador de pobres y de genios.

Se pegó un tiro en el corazón el que había salvado a miles. No quiso transar. No sabía o no podía. Fue una metáfora aplastante para una clase política adocenada en la indignidad. Era la bisagra entre el final de la fiesta menemista y el abismo de inoperancia que abría De la Rúa. El Pami sobresalía como la nave insignia del robo descarado en las obras sociales, que atravesaba gestiones acumulando delitos y eliminando jubilados.

Tuvo que pasar una década para que recién la justicia chocara con la punta del iceberg  de la mafia de los medicamentos. Una década para que la vaca sagrada de la bancaria terminara entre rejas acusado de asociación ilícita. Una década con la política nutriéndose del dinero de los laboratorios, financiando campañas, comprando silencios e impunidad.

René Favaloro no descansa en paz. Los creyentes dirán que por su cobardía final de arrogarse una potestad que le corresponde a Dios y despreciar paradójicamente aquello que contribuyó a prolongar en tantos otros: la vida. Pero no descansa en paz, seguramente, porque aquello que dejó por escrito como un último grito de advertencia, se ha diseminado como metástasis en el tejido social del país.

Hoy sabemos de sobra que la corrupción mata. Y elimina primero a los que se resisten con vigor a caer en sus redes. Es una muerte en dosis, como un veneno en gotas que se proporciona al diez por ciento. Es la salud que no cura, el subsidio capturado a medio camino, los millones desviados que no van a las escuelas ni a las canasta básica. Y el coimero gana cuando lo rodea un conjunto de hombres sin valores ni principios. Los que justifican el retorno como una manera de ser nacional o un acto de justicia en defensa propia ante la corrupción mayor que supone de los otros.  

El cardiocirujano más famoso del país lo dejó brutalmente claro: “Es indudable que ser honesto en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar”. Y el pagó con sangre y corazón. Fue un chivo expiatorio molesto para una clase política indigna de elogios a su honestidad y exenta de ejemplaridad básica para frenar el envenenamiento. Una jauría de perros tras el hueso del poder, sin límites éticos para obtenerlo.

René Favaloro lo escribió un 29 de julio de 2000 a las 14.30 hs. Después desapareció. Fue su mayor alegato contra nuestras miserias. Y un bisturí clavado en la conciencia colectiva que exige ser utilizado para curar.

El laberinto del perseguido

No es para tibios la Argentina. Más aún cuando está gobernada por un jugador que siempre redobla todas las apuestas. Así lo entendió Mauricio Macri (o se lo hicieron entender) y decidió echar su suerte a una ruleta rusa que lo puede jubilar anticipadamente como político o convertirlo en el próximo Presidente de una sociedad maniquea y exitista.

Promover súbitamente su propio juicio político cuando los opositores porteños  apostaban a un desgaste lento pero inexorable que terminara como el de Aníbal Ibarra, fue un manotazo al tablero que los dejó descolocados y balbuceando. No esperaban una movida tan desesperada y riesgosa y casi pisan el  absurdo de negarse a montar la guillotina ofrecida por el propio acusado.

Es cierto que los macristas creen jugar hoy con las mejores cartas en mayoría, pero cuando empieza la partida no es tan fácil controlar toda la baraja y los ases bajo la manga. Cuando se abre la caja de Pandora pueden aparecer arrepentidos, algún nuevo Borocotó o la seducción de otras cajas menos metafóricas y más suculentas provenientes de la Rosada.

Tampoco tenía demasiadas opciones el ex presidente de Boca Juniors. La presunta asociación ilícita en la causa de las escuchas,  con procesamiento confirmado por cuatro jueces,  lo arroja al borde de un precipicio institucional que contamina el ejercicio de sus responsabilidades. Se lo marcaron debidamente algunos radicales moderados y la propia Elisa Carrió con sus representantes y no quedó margen para dilaciones.

El panorama se le volvía desolador: licencia, renuncia o muerte lenta de su expectativa electoral hasta que llegara el juicio oral y público en fecha lejana e incierta.

Otro costado de la realidad marca paradojas insalvables. El espionaje interno de la ex Side, promovido por  Néstor Kirchner para controlar la vida de  empresarios, adversarios políticos, periodistas molestos y hasta soldados propios sospechosos, se ha convertido en la máxima violación a la ley de Seguridad Interior en tiempos democráticos. Sólo que esta flagrancia cuenta con la prescindencia  escandalosa de fiscales y jueces federales.

Al lado de esa mega estructura permanente, Ciro James, el Fino Palacios y otros espías enquistados en el gobierno de la Capital no llegan a conformar  un pobre kiosco de chusmas de barrio. Con la salvedad que el delito, cuando hay voluntad de descubrirlo, no se atenúa ni exculpa  por la comparación con delincuentes peores.

La pregunta que se lanzó a la ruleta rusa del país es descabellada por muy Argentina: ¿A quién le cree el electorado que votará en 2011? ¿A Macri cuando dice que es una víctima de la perversidad  e influencia de Kirchner, o a la justicia que lo tiene contra las cuerdas por un delito grave?

La sensación es que aquí los verdugos y las víctimas tienen rédito  y atraen poder. Los primeros porque se les teme y  se respeta su capacidad de daño. Los segundos porque sirven de catarsis colectiva para frenar a los primeros cuando hastían. Macri apuesta a ser el perseguido más popular y exitoso de Kirchner.

Libres de mala conciencia

 El país suma libertades y agrega conflictos. Se podrá decir que es una ecuación lógica cuando una sociedad avanza en territorios que otras todavía no exploraron, como el derecho al matrimonio y a la adopción de niños para parejas del mismo sexo, pero aquí se le agregan  elementos propios y distintivos que le dan una complejidad mayor. No se trata sólo de la eterna disputa entre conservadores y progresistas, Iglesia y tradición versus modernidad.

Porque en Argentina las categorías y las ideologías se confunden y se contradicen a tal punto de perder su valor de orientación básica. Como si todavía viviéramos en medio de las réplicas de un terremoto que nos impide construir sobre sólido. Ese cataclismo fue promovido por la violencia política armada, la represión ilegal, las variadas dictaduras y la imposibilidad de entender la libertad como responsabilidad y no sólo como derecho. 

Pruebas: se debatió y resolvió en tiempo record, con oportunismo, fundamentalismo y gran hipocresía lo que en otros países lleva años de paciente intercambio en búsqueda de consensos. Curiosamente, sectores de izquierda y del llamado “progresismo”, que militan todavía en la idea romántica de la revolución cubana y el castrismo revolucionario fueron impulsores de esta reivindicación para los homosexuales que sólo rige en diez países del mundo. Justamente en la isla caribeña, el dictador admirado y “los barbudos de la Sierra Maestra” fueron autores y ejecutores de las persecuciones homofóbicas más feroces contra “la enfermedad y la degeneración burguesa”.

Desde la otra vereda, políticos supuestamente liberales con vergüenza de serlo y confusión acerca de su significado más profundo se dejaron arrastrar cómodamente hacia los más rancios conservadurismos. Parece ignorado u olvidado en estas pampas que la tolerancia, la lucha contra la discriminación y la defensa de las minorías se edificaron  primero en las democracias liberales europeas que lograron establecer una firme diferencia entre cuestiones de Iglesia y cuestiones de ciudadanos frente al Estado.

Así las cosas, como en el cambalache de Discépolo, se terminó mezclando la Biblia y el calefón, Mussolini y Franco con Fidel, los demonios salidos de las cavernas medievales de la Fe con el circo gay. El resultado fue un atolondrado igualitarismo para una minoría, portado como estandarte vanguardista por sectores políticos que todavía le deben igualdad real y ejercicio de sus derechos humanos básicos (salud, justicia, educación y jubilación digna) a vastos sectores de la sociedad.

Muchos podrán decir, con verdad, que siempre es preferible sumar una libertad antes que conculcar un derecho. Pero la convivencia sólida para su ejercicio pleno requiere algo más que sujetos libres acumulando potestades. Hace falta una dosis proporcional de responsabilidad, tolerancia, gradualidad  e inteligencia para administrar las prioridades.

Los argentinos seguimos escapando hacia delante. Huimos todavía, cabalgando ya largos años, de la noche negra del autoritarismo y los odios que no dejamos atrás. Por eso los debates presentes están teñidos de pasado. Tal  vez por eso se sobreactúa la libertad con tanta algarabía y poco apego al equilibrio. Es la carencia y el cargo de conciencia por resolver.

El dominio de los cruzados

Esclavos de la discordia, celebramos la independencia. Una contradicción más para el manual básico del ser argentino. El 9 de julio evocado en Tucumán fue muy prolífico en imágenes de un país retórico y contaminado de enfrentamientos medievales que disfrazan la pobreza de los pobres y la viveza de algunos enriquecidos.

Cristina Fernández aterrizó en el jardín de la República envuelta en el diario de Irigoyen  que le escriben sus fanáticos a sueldo.   En una ráfaga de declaraciones poco estimulantes sugirió que unos cinco millones de jubilados que cobran 895 pesos debían agradecerle a ella y  a su marido “el hombre de pelo gris”, haberlos sacado del infierno, en lugar de pedir el 82 por ciento de un sueldo mínimo que les daría la extravagancia de mil doscientos pesos para dilapidar por mes.

Al mismo tiempo y sin lugar para más rubores, la Presidente daba a conocer  su propia declaración jurada que admite un aumento patrimonial de 2.300 por ciento en 7 años. De 2 a 54 millones de pesos  gracias a plazos fijos únicos en el mercado, inquilinos generosos que pierden plata con sus hoteles mientras hacen negocios con el Estado y otras operaciones financieras que dejarían al propio David Rockefeller como un torpe aprendiz de bolsa. Todo esto matizado por discursos progresistas, de distribución de la riqueza (ajena) y de multiplicación de la propia.

Pero en los escenarios tucumanos la fortuna  se disimuló mejor  con el abrazo de los artistas populares y la adoración de miles de ciudadanos bajados de los colectivos como ofrenda del gobernador  José Alperovich. Y para no dejar nada librado al azar, no podía faltar el enemigo de turno, el desplante de ocasión y la cortina de humo que entretenga al pueblo lejos de los negocios y las sospechas.

Esta vez  la Iglesia fue un partenaire eficiente del oficialismo y sus estrategias,  convirtiendo cada Tedeum del 9 de julio en una trinchera de cruzados contra el matrimonio gay. Cristina Fernández esquivó la Catedral con un discurso defensor de las minorías y Néstor Kirchner les pidió salir del “oscurantismo”. La respuesta vino de parte de los obispos más conservadores, quienes hablaron de un clima de “guerra” poco metafórico o elíptico.

Como si no fueran suficientes las batallas irresueltas que se arrastran del pasado, ni la manipulación de los muertos, de los heridos, ni sus secuelas. Los fundamentalismos ganaron otra vez la escena con tonos inquisidores de víctimas y victimarios que desprecian a los neutrales y condicionan la libertad. Nunca puede ser edificante agitar a los demonios, bíblicos o carnales, devolviéndole protagonismo. Es la mejor manera de prolongar su influencia en base al miedo, la extorsión o la hipocresía de la unidad nacional que se socava en cada gesto divisorio.

Vivir como subordinados del resentimiento y de la discordia poco tiene que ver con celebrar la Independencia que alguna vez soñaron los patriotas. No hay discurso ni credo que lo disimule. Porque la peor esclavitud es la que nace de nuestras propias miserias.

Adrenalina en las venas del poder

¿Qué le pasa al Gobierno? ¿Está nervioso? ¿O está seguro de haber recuperado el poder de aniquilar al enemigo? Son preguntas ambiguas  con respuestas binarias, como la realidad bélica que construyeron a lo largo de estos años Néstor Kirchner y Cristina Fernández.

Está claro que en los últimos movimientos tácticos de gabinete se fue  limpiando el batallón pingüino de moderados y se promovió  el ascenso de los ultras, pero además,  esos gestos fueron acompañados de declaraciones insultantes,  como si en lugar de respuestas a periodistas fueran verdaderos gritos de guerra en una hipotética batalla final.

Ni con las valijas de Antonini Wilson, ni con el caso Skanska, o la andanada de denuncias de corrupción contra Ricardo Jaime, mucho menos con el presunto enriquecimiento ilícito del matrimonio, descartado por el juez Oyarbide, se habían alterado tanto los ánimos  como con la declaración del ex embajador en Venezuela Eduardo Sadous en el Congreso.

El diplomático ratificó en una reunión supuestamente secreta sus denuncias de presuntas coimas de entre el 15 y el 20 por ciento exigidas  a los argentinos interesados en hacer negocios en Caracas. “Lamentablemente, cuando se les pedía a estos empresarios que dejaran por escrito sus quejas, se negaban a hacerlo porque temían comprometer sus posiciones”, indicó Sadous y sugirió que “sería bueno que ahora hablaran”.

Obviamente, como en otras oportunidades,  todos los caminos de la sospecha conducen al Ministerio de Planificación, que simboliza el centro de comandos de la acción y acumulación del poder santacruceño. Pero esta vez lo notable fue la virulencia de la defensa y los esfuerzos para neutralizar “interpretaciones perversas”.

Primero fue el propio Néstor Kirchner: “Es evidente que al único que le importa promover eso es al delincuente de Magnetto,  que es el dueño de Clarín”. Luego le tocó el turno a su lugarteniente, Aníbal Fernández, quien dirigiéndose al mismo blanco lo trato de “sinvergüenza”.

Horas después  y ante la insistencia del resto de la prensa en indagar sobre las relaciones carnales con Chávez,  fue el propio Julio De Vido quien admitió la especulación: “Hay algunos sinvergüenzas que se dicen embajadores y hablan de embajadas paralelas cuando en realidad, mientras ellos se la pasaban de copetín en copetín nosotros trabajábamos en procura de las soluciones para el país”. Y  agregó. “Si a ese trabajo que él (Sadous) no hizo lo llaman embajada paralela, lo aceptamos”. A confesión de parte…

¿Estos exabruptos repetitivos son un síntoma de debilidad o de fortaleza? ¿Es la respuesta del animal acorralado que arroja dentelladas y  tarascones, o la seguridad del conquistador que está a punto de doblegar a su adversario más temible? La dualidad está en que ante los gritos de guerra ambas respuestas pueden ser correctas. Y la porción del país envuelta en esta batalla maniquea  espera ver pronto el desenlace.

La implementación de la Ley de Medios y los resultados del ADN sobre Marcela y Felipe Noble Herrera son dos indicios claros del efecto que produce la adrenalina que recorre a mares las venas del poder.

Tomografía de una ambición totalitaria

 Prefieren un ejército rabioso de leales a un equipo con voces diferentes. Eso es el kirchnerismo explícito: una jauría de funcionarios dispuestos a matar o morir verbalmente por las causas de su líder y jamás dar un flanco de duda o una mínima concesión al enemigo. Desde esa óptica el compañero de hoy puede ser el traidor de mañana  por mínimas desviaciones, hasta que el círculo se vuelve tan pequeño que  sólo queda lugar para el fundamentalismo. Desde esas alturas tribales se desplomó el canciller Jorge Taiana, empujado hacia el precipicio por su deslealtad al hablar con periodistas de Clarín, o por su discrepancia con el romance bolivariano o cualquier herejía por el estilo.

Sale Taiana, entra Timerman. Se va un moderado que aún en la obediencia debida de una diplomacia errática supo cosechar respetos  ajenos  por su perfil profesional razonable. Llega un fanático convencido de que hay que limpiar a los medios de plumas hostiles y voces opositoras. El futuro canciller ha descollado más como francotirador contra los críticos del Gobierno en programas propagandistas que por su capacidad conciliatoria. Un verdadero cuadro para los vientos de guerra que propicia el Gobierno en su plan perpetuidad 2011.

El laboratorio electoral de Olivos está viviendo horas febriles de la mano de Néstor Kirchner. Allí se ensayan cien experimentos por día para prolongar “la buena onda” desatada en las calles por efecto del Bicentenario. Todo se analiza y se combina sin pudor por las formas. Desde un decretazo para apaciguar a jubilados que están debajo de la línea de pobreza, al plan de aprovechamiento de un hipotético triunfo en el Mundial o la estrategia para cooptar, comprar o silenciar periodistas y medios críticos con la abultada billetera oficial.

Por las buenas o por las malas. Así como se engrosa la lista de ministros caídos en desgracia por desobediencia debida: Alberto Fernández, Graciela Ocaña y ahora Jorge Taiana, aumenta la presión para los que quedan en la trinchera y deben ejecutar con pelos y señales la partitura bélica del matrimonio. La meta general es doblegar a los factores de poder con razones o sin ellas. Con la AFIP, la SIDE o los brazos piqueteros. Con jueces manejables o militantes pagos. En ese sueño hegemónico sobresalen Clarín y Papel Prensa como los trofeos de caza mayor que le faltan en la vitrina.

La ley de Medios es el instrumento más sofisticado con el que se dispone a construir el gran relato oficial de la epopeya revolucionaria de la Argentina en el siglo XXI. A la manera de un gigantesco diario de Yrigoyen pero con impronta chavista y mucho más eficaz a la hora de multiplicar votos, ya comenzó con el reparto de millones decodificadores digitales para el conurbano y avanza a paso firme para consolidar el multimedios pingüino con la colaboración de empresarios y periodistas que reciben sendas recompensas por su militancia.

Es la cruzada final de una pareja sin escrúpulos. Un espacio radicalizado y sin lugar para los débiles.

Parábola del arco y de la urna

 La  relación argentina con el éxito se parece mucho a sus convicciones futboleras. Las pasiones que desata la pelota que rueda por el césped dibuja de cuerpo entero a una sociedad resultadista, ambigua y contradictoria como cualquier grupo humano colgado de una tribuna en pos de la victoria. Tal vez por eso se alimentan y se contaminan mutuamente el deporte y la política, los barrabravas y los secretarios de Estado o  los ciudadanos y los hinchas.

La anécdota no se acaba en el viaje de un grupo de profesionales de la violencia a Sudáfrica con pasaporte y financiamiento del sistema (políticos, jueces y empresarios).  En todo caso es una imagen simbólica muy fuerte de quienes terminan apareciendo como abanderados eventuales del conjunto. De quiénes resultan premiados  con miles de dólares para difundir o imponer  la argentinidad al palo en el concierto de naciones que se dan cita en un Mundial.

 Así como el hincha criollo pasa del exitismo al derrotismo crónico, las masas incluidas en ese conjunto llamado opinión pública oscilan y navegan con sus emociones a cuestas en busca de la satisfacción inmediata, la saciedad que provoca un gol, el éxtasis de una jugada maestra  o la borrachera de soñar con ser los mejores del mundo por la magia de un genio salvador al que se le deben habilitar todas las pelotas.

Así en la tierra como en el cielo, en la cancha como en la economía, en la tribuna como en las urnas. No  es casual que Néstor Kirchner se asome en las encuestas del pos bicentenario como aquel técnico de fútbol que en los avatares de la tabla de posiciones o en el azar del juego puede pasar de odiado a deseado de un domingo para el otro. Esa forma de consagrar o crucificar, de idolatrar o defenestrar que destila el fútbol profesional es perfectamente trasladable a la sociedad y su comportamiento político.

Billetera llena mata galán, goles son amores y pantallas gigantes en cómodas cuotas o codificadores de alta definición para los desposeídos son tentaciones nacionales demasiado grandes como para que se resista un caudillo pícaro y con viento a favor. Para otros habrá más subsidios, aumentos jubilatorios justos y por decreto y mucho espectáculo celeste y blanco que reconstruya la autoestima socavada por la patria mediática y gorila. Y si hay inflación que no se note, al menos hasta que los opositores se terminen de cocinar en su salsa de egos ardientes e indisolubles.

La mano de Dios y el barrilete cósmico que hizo dos goles a los ingleses sumergieron al país en 1986 en un placentero sopor que nos hacía reyes del mundo de la pelota.  Al año siguiente Raúl Alfonsín perdía las elecciones y el velo de una economía decadente se desgarraba para desembocar en la hiperinflación final de 1989. Soberanos del fútbol y mendigos del pan nuestro de cada día. Es la parábola del arco y de la urna. Una disyuntiva crónica para hacer y gritar los goles adecuados.

El Autor
Pablo Rossi

Nació en Córdoba el 03 de julio de 1971. Casado con tres hijos. Periodista de profesión, mejor lector, escritor de vocación y cocinero de oficio. Amante del fútbol y del buen vino. Desde la cuna con Instituto y riverplatense por elección.
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