El pueblo sin sheriff

 

¡Ríndete George! Ya no eres la ley en este pueblo. En el oeste hacían las cosas simples. Le arrancaban la estrella dorada del pecho y el chico bueno se volvía malo.  El alguacil se convertía en pistolero a secas y era candidato a la horca.

Eso acaban de hacerle a Bush en el congreso de los Estados Unidos. No le creen más.  Aunque se dieron cuenta muy tarde, los norteamericanos descubrieron que habían puesto al zorro a cuidar las gallinas  (las de los huevos de oro de Wall Street) Al muchachito le gustaba pasear por la calle principal de Washington alardeando con sus pistolas de cromo y sus balas de plata para combatir el MAL .   Le daba cierta omnipotencia decir que Dios estaba de su lado y que sus guerras eran santas. Conmigo los buenos y enfrente los malos (¿esto lo vi en otra parte?) A los primeros les regalaba hipotecas impagables y mercados generosos. A los segundos simplemente les disparaba, los invadía o en el mejor de los casos los torturaba en Guantánamo

Pero se acabó George. Has llegado demasiado lejos. No está bien que el comisario rompa la caja fuerte del banco y derroche un botín de 700 mil millones de dólares. Se te acabaron las excusas del bandido Bin  o el asesino Sadam.  Tu foto será la próxima que lleve el cartelito “ WANTED”.

El problema del pueblo es que no puede vivir sin sheriff. Los norteamericanos necesitan ver la estrellita brillando otra vez en un pecho limpio y en una vida sin prontuario

Esa es la sensación que reina por estas horas en el Imperio del FAR WEST. Mientras compiten Barak y John para ver quién se calza las botas de alguacil, el pueblo es tierra de nadie y todos los días aparecen  bancos incendiados.

En el oeste, la imagen típica del caos  se daba cuando el forastero abría  la puertita vaivén de la cantina y se encontraba con una pelea salvaje de todos contra todos. El menú incluía sillas de utilería  que volaban junto a mesitas redondas y a la vajilla que se estampaba contra el mueble de la barra. No había batalla creíble si no se despachaba  también a un borracho por la ventana que  terminara con sus huesos depositados en el bebedero de los caballos.

El punto final del aquelarre llegaba cuando se abría otra vez la puerta vaivén y entre los desperdicios del bar avanzaban unos pasos lentos pero firmes y se escuchaba el estampido de una pistola. Era el sheriff que con ese acto de autoridad congelaba la escena y el caos se volvía otra vez una tertulia de parroquianos.

Ojalá fuera tan simple piensa George, mientras se mira en el espejo oval del salón oval con sus lentes cuadrados. Afuera no vuelan sillas sino deudas impagas, papelitos con sellos bancarios que valen menos que la alfalfa de los caballos

Fuiste demasiado lejos George, y las mentiras tienen patas cortas como los vaqueros chuecos de Texas

Afuera ya no te creen y están esperando darle la placa, los dólares y la llave del pueblo al nuevo sheriff.

Comienza a rezarle a tu Dios para que te libre de la horca

 

 

 

 

 

 

El Autor
Pablo Rossi

Nació en Córdoba el 03 de julio de 1971. Tiene 38 años, casado con tres hijos. Periodista de profesión, escritor de vocación y cocinero de oficio. Trabajó desde 1993 en gráfica, radio y televisión.
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