Alfonsín de mármol

Los caníbales pidieron verdurita. Fue extraño, hay que decirlo,  pero la picadora de carne quedó en remojo por una tarde en la Casa Rosada y el país se volvió vegetariano.

El  busto blanco tiene apenas un aire lejano al ex presidente pero todos quedamos en que es Alfonsín. Porque además estaba el verdadero, en vivo y diciendo cosas incómodas que sólo se le perdonan por inofensivo

Habló de lo indigerible que son los resentimientos,  de cómo  vivimos discutiendo para atrás, enfrentándonos, dividiéndonos. Claro que lo dijo elegantemente para no llenar de humo el salón de los bustos y la cocina de los Kirchner.

No aseguró esta vez que con la democracia se cura, se come y se educa porque después de veinticinco años y con algo de pudor admitió que “es joven y está incompleta la democracia”. O porque no quiso incomodar, tal vez, a muchos que lo aplaudían y abusaron del poder para  engrosar sus billeteras

Hubiera quedado bien si después de mencionar como cuenta pendiente la redistribución de la riqueza, levantaba la mirada y como quien no quiere la cosa les dedicaba un: “a vos no te fue tan mal gordito”.

Allí estaba Raúl Ricardo, duro como el mármol, terco en las ideas pero con el aura exclusiva de quien jamás usó la política para beneficio patrimonial.

Afuera lo miraba por TV la aldea de caníbales a dieta que en algunos rincones siguen mascando bronca por El Punto Final, la Hiperinflación y el Pacto de Olivos. En otros rincones de la misma tribu lloraban de emoción los que recordaban plazas llenas y preámbulos de la Constitución recitados de memoria al final de sus discursos

Veinticinco años después hay muchas capas de frustración acumuladas y demasiada decepción en serie. Es  difícil pretender el homenaje unánime. Sin embargo, por unos minutos, ayer hubo una sensación de tregua y de aspiración a la piedad. No hacia Alfonsín, sino hacia nosotros mismos. Una especie de reflejo de supervivencia

Porque si en veinticinco años no rescatamos a nadie del festín carnívoro en que se volvió  la convivencia nacional, lo nuestro está más cerca del taparrabo y el garrote que del botox y el colágeno .

Allí estaban los dos alfonsines, uno pedía a los jóvenes que se aferraran a las ideas para no ser marioneta de caudillos o carne de cañón de las prebendas, el otro, lejanamente parecido, buscaba un lugar entre tantos bustos impresentables

No se haga problema Don Alfonso, el mármol es duro, no entra en la dieta de los caníbales  y a partir de hoy quedará a salvo de las picadoras de carne.

El Autor
Pablo Rossi

Nació en Córdoba el 03 de julio de 1971. Tiene 38 años, casado con tres hijos. Periodista de profesión, escritor de vocación y cocinero de oficio. Trabajó desde 1993 en gráfica, radio y televisión.
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