Libertinaje liberal

¿A donde están? ¿Alguien los vio por allí? Los busco parado en la misma vereda. Quisiera debatir, intercambiar impresiones, autocríticas, ideas. Debería haber un mega-foro a esta hora en todo el mundo que busque las respuestas y construya alternativas ante el derrumbe del muro vergonzoso del libertinaje financiero.
Los liberales (ese universo tan complejo que involucra a gatos y ratones, halcones y palomas, cristianos y abortistas, izquierdosos, centrípetos y derechosos pero unidos por el culto a la libertad como principio básico) brillan por su ausencia. O mejor dicho, ante el derrumbe del muro infernal de certezas mercantilistas han quedado shockeados, repitiendo letanías tales como “fallaron las regulaciones”, “hubo excesos”, “la culpa no la tiene el capitalismo”, “la salida está en controlar mejor”, “al mercado hay que darle más mercado” o simplemente actúan a la defensiva de los mandobles que tiran los viejos marxistas, los nacionalistas, los estatistas anticapitalistas y algún puñado de fascistas disfrazados con pieles demócratas.
Antes de abrazar la causa de la libertad aprendí que una de sus mayores ventajas y desafíos era vivir sin la necesidad de “dogmas” que operen como policía del pensamiento, que reduzcan el albedrío y la experiencia a un puñado de sentencias. Me enseñaron que uno de los peores errores de “los grandes relatos” de la modernidad había sido clavar la terminación “ismo” para explicarse o para convencer a los otros de sus ventajas.
En tiempos recientes, previos a esta depresión pero posteriores al derrumbe del comunismo, hubo tibios esfuerzos de algunos liberales para diferenciarse y rehuir del endiosamiento del mercado, el consumo sin freno y la multiplicación de la riqueza como un oráculo que otorga todas las respuestas, (neoliberalismo). Ese puñado de intelectuales procuraba salvar un concepto más amplio que echaba raíces en los orígenes libertarios y contemplaba “la igualdad de oportunidades y la responsabilidad social” como condiciones previas a la competencia. Es decir, una ética elemental que rija los intercambios.
Esa idea junto a otras enriquecedoras dominaron, por ejemplo, a los Padres Fundadores de Estados Unidos de América y sirvieron de guía y contención para recibir a millones de inmigrantes dispuestos a competir, progresar y esforzarse desde un punto de partida común bajo el amparo de una moral puritana. Pero lamentablemente, esos presupuestos quedaron añejos y utópicos frente a la sociedad posmoderna globalizada en la que el capital adquirió una velocidad ilimitada de expansión frente a los estados nacionales rígidos y empequeñecidos.
El capitalismo financiero exacerbado operó como una droga adictiva para los nuevos capitanes de la industria y de los servicios. Obligó a cambiar el concepto y el valor del trabajo y de la producción inyectando posibilidades reales y virtuales en todo los rincones de la actividad económica. Fue alucinógeno para multimillonarios que lograban fortunas de la noche a la mañana sólo con apretar un par de teclas para mudar sus inversiones de fondo en fondo, unos más limpios, otros más sucios y todos bajo el amparo del comodín de los paraísos fiscales.




