Medio pelo

Arturo Jauretche, el indefinible sociólogo de las zonceras argentinas y autor preferido del matrimonio presidencial, le adosaba a sus críticas ácidas sobre los personajes del país una sentencia ilevantable: el ser de medio pelo.

 

Entonces teníamos, intelectuales de medio pelo, políticos de medio pelo, periodistas de medio pelo y así hasta llegar a una sociedad inundada por especímenes incompletos, grises, mediocres o siempre a mitad de camino, que serían las traducciones más elocuentes del término.

 

Un medio pelo es alguien que quiso ser árbol y jamás pasó de arbusto, que quiso entrar en la historia y no llegó a trascender ni la página policial de los diarios. Un medio pelo no es un talentoso que fracasa, generalmente es un mediocre que por alguna razón brilla en un contexto de mediocridad mayor. Lo aclaro: un medio pelo con poder siempre requiere de muchos de su misma condición que lo voten

 

Por eso mismo, sobre todo en estas épocas, es que el medio pelo se hizo transversal, es decir que nos puede incluir a muchos sujetos muy diferentes, que hacemos cosas distintas, pensamos opuesto pero nos une una rara tendencia a inventarnos el éxito, convencernos de ello y fijarle al resto el techo de sus aspiraciones y posibilidades

 

Con los transversales de medio pelo se festejó la conquista de un país en serio, la independencia económica porque le pagamos al FMI o la aniquilación de la pobreza a base de subsidios de 150 pesos y pinturas abstractas del INDEC. Aunque después de la guerra al campo se fugaron más dólares que en la crisis de 2001 y esa misma pobreza resucitó para estacionarse en el 35 por ciento de la ciudadanía mediopelista.

 

Los transversales de medio pelo combatieron la inflación bife por bife, pañal por pañal, góndola por góndola  y por cansancio o resignación, algunos se convencen de su derrota definitiva.

 

Pero cuidado. Esto pasa porque el mediopelismo no permite muchas discrepancias sobre sus métodos. Sólo basta imaginar lo que puede suceder  si a alguno de los que sobrevive en la mitad del río se le ocurre el esfuerzo de cruzarlo: desde la costa contraria pondría al resto en evidencia. Y esa gran primera minoría se ocupa de que nadie ponga los pies fuera de la mitad, de la medianía, del plato 

 

El mediopelismo nuestro dejó para la posteridad lecciones inolvidables. Una de ellas  es que hay rutas cortables por causas nobles y rutas cortadas inaceptables. Así nos pasamos meses discutiendo las diferencias entre los ambientalistas de Gualeguaychú, los piquetes agropecuarios “de la abundancia”  y los piqueteros clásicos variopintos y medio pelo por definición.

 

Pero también el mediopelismo tiene variantes coloridas, muchedumbres manejables y líderes amantes del fracaso como estímulo. Son las variantes de la llamada izquierda nacional, con sus vivos rojos, sus retratos del Che y sus rezos a Fidel. Esa izquierda sido siempre la reserva natural, la fuente de alimentación eterna del medio pelo. Es la que se ocupa de recordar que si no hay fracaso no hay izquierda porque jamás tuvo nada que ofrecer al país mejor que una bandera yanqui quemada en la Plaza de Mayo

 

¡Cuidado! que  a la derecha el mediopelismo es igual o peor porque la diferencia es que sus miembros siempre soñaron con el éxito del deme dos de Miami, las bondades inmortales de la convertibilidad con endeudamiento sideral y con un país “como uno” ¿vio? Sólo que encontraron atajos para ganarlo timbeando, recurriendo a los cuarteles o apelando a la infaltable mano dura y jamás duraron más que un suspiro histórico. Eso si, se llenaron la boca con las ideas liberales que terminaron reducidas a un obceno manual escolar para aprender a concentrar la riqueza. 

  

Con esto no quiero que nos ahoguemos en el río, se entiende. Sólo quiero complicar un poco más la habital búsqueda facilista de los chivos expiatorios y “la razon de los males nacionales”. Lo que quiero decir fundamentalmente es que Jauretche escribió su manual de zonceras argentinas en 1967 y que desde entonces no hemos hecho más que reproducirlas…

El Autor
Pablo Rossi

Nació en Córdoba el 03 de julio de 1971. Tiene 38 años, casado con tres hijos. Periodista de profesión, escritor de vocación y cocinero de oficio. Trabajó desde 1993 en gráfica, radio y televisión.
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