Incorregibles. Néstor Kirchner aterrizó el jueves en Tucumán como presidente del PJ pero se movió como si en realidad fuera un vitalicio jefe del Estado. No sólo por el aparato subsidiado que le puso a sus pies el gobernador José Alperovich y la maquinaria camionera de Hugo Moyano, sino porque el operativo de seguridad cerró un perímetro de cinco cuadras a la redonda e incluyó el asueto para tres escuelas que funcionan en los alrededores de la sede partidaria.
Los chicos tucumanos y sus padres que el año pasado aplaudieron la flexibilidad del gobierno para promoverlos de curso con mayor margen de materias previas, o los que se organizan por Facebook para realizar faltazos masivos, tuvieron otra lección adulta de cuánto les importa a ciertos gobernantes la rigurosidad de su aprendizaje.
Ya desde la tribuna y con un estudiado tono pastoral, el Primer caballero desparramó ondas de amor y paz y le pidió a los opositores que “se saquen la urna de la cabeza” y dejen de pensar en las elecciones. La hipocresía podría pasar por una humorada si no viniera de alguien que ni cuando duerme deja de armar golpes de efecto para neutralizar adversarios en su concepto de campaña permanente.
Como si no hubiera existido un claro rechazo de las urnas bonaerenses a sus métodos de listas testimoniales, candidatos fantasmas y carpetazos judiciales, Néstor hace giras para recuperar votos sin pudor en gastar la plata de los impuestos generales a su exclusivo beneficio. En San Juan, el gobernador José Luis Gioja planeaba para mañana un asueto desde las 10 para cerrar tardíamente los festejos patrios con un abrazo ciudadano a la avenida de circunvalación con la estelar presencia del amigo Néstor. Alperovich y Gioja compiten por la vicepresidencia futura como señores feudales usando de alfombra sus provincias.
Pero no son los únicos. Mauricio Macri se exhibe en televisión como Julio Boca en el Lago de los Cisnes. Está convencido de que la reapertura del Colón es el postre que Buenos Aires le agradecerá con una lluvia de votos para la presidencia, así como en el oficialismo cuentan los millones de ciudadanos que se movilizaron por el Bicentenario como una muestra “de lo bien que está la Argentina y el humor de la gente para festejar”. Otros más codiciosos especulan en la Casa Rosada que si se gana el Mundial de Sudáfrica, las presidenciales serán un simple trámite de continuidad matrimonial.
Son incorregibles. Subestiman al votante en su alegría ciudadana y se desesperan por hacerse dueños de cualquier multitud que por placer o distracción se vuelque a las calles sin la zanahoria clientelar. No soportan el libre albedrío sin patrones ni resisten un examen minucioso de transparencia. Será porque las calles argentinas viven repletas de protestas de insatisfacción y porque no alcanzan los actos de cartón pintado para vender el fervor que pregonan.
El Bicentenario pasó y les que quedó holgado. La estrategia se limita a la cuadratura de la urna que tienen en la cabeza.
Las palabras parecen esclavas del pensamiento, utilitarias a su servicio, pero a veces se levantan autónomas, poderosas y redentoras. De la incontinencia verbal de algunos modestos representantes de la comedia pública local, la palabra “bicentenario” escapó al marketing molesto y la repetición liviana en que había caído y estalló ante la vista de todos con su verdadero y profundo significado. Doscientos años cumple cualquier país relativamente normal, pero pocos llegan desnudos, divididos, opacos y mezquinos con su propia historia y su presente como la Argentina.
Bi significa dos y esa raíz elemental es la que dibuja mejor que cualquier efeméride el contorno de una sociedad “binaria”, reducida públicamente a las antinomias amigo-enemigo, patria-anti patria, pueblo-oligarcas o demócratas-destituyentes. Una sociedad “bicéfala” y “bifronte”, donde no gobierna uno sino dos, un matrimonio presidencial que no es lo mismo que una monarquía hereditaria pero que destila su apariencia. Una sociedad “bipolar”, que va del éxtasis a la depresión con regularidad e insistencia, que avanza por la vida cívica repitiendo errores ya cometidos sin anclaje en la experiencia y que busca salvadores en lugar de administradores, que vota propietarios y no inquilinos.
El lenguaje de la conciencia es más fuerte que la pompa. Al 25 de mayo de 2010 se llega con la cáscara imponente de los desfiles de ocasión y los mega-eventos espectaculares revestidos de celeste y blanco, pero ninguno disfrazará la realidad que destila una clase política empequeñecida hasta la insignificancia, reducida a la anécdota, incapaz de interpretar su rol de ejemplaridad ante el resto de los ciudadanos y a la vez su papel coyuntural, anecdótico y fugaz en el manejo del destino colectivo.
No es casual que a pocas horas de enfrentarse con la historia, con el tamaño de los héroes y los próceres, haya estallado una pelea de conventillo entre la jefa del Estado y el jefe de la ciudad de Buenos Aires por los mohines y los humores que los diferencian a la hora de sentarse en un mismo palco. No es casual que la sátira se dé en la previa de la re inauguración del principal teatro nacional. Porque cabe perfectamente en aquella frase de Carlos Marx: “la historia se repite una vez como tragedia y luego como farsa”. Los feroces combates de unitarios y federales, del puerto con el resto del país hoy se reducen a la mansedumbre de gobernadores domesticados en su propia medianía y al intercambio epistolar de novela de la tarde entre Cristina Fernández y Mauricio Macri por la velada del Colón.
De nada sirven los símbolos patrios multiplicados sin sustancia, la bandera desplegada sin ánimo común y la evocación de los constructores de la Nación sin la mínima voluntad de conjunto para convivir y crecer en las diferencias del presente. Será por eso que el lenguaje purifica y el inconsciente surge revelador en medio de la propaganda vacía. El bicentenario argentino evoca mucho más la división que impone su raíz gramatical que la ilusoria unidad que ponderan los discursos.
La piel argentina es tan sensible a la orfandad que no soporta quedarse a la intemperie de caudillos. Un mandamás a tiro de urna es tan necesario como el oxígeno que respira una sociedad que le teme mucho más al vacío de poder que a sus excesos. El modelo que mejor calza a la ansiedad crónica de un país inestable es el presidencialismo explícito, una práctica social que rechaza instintivamente los conglomerados políticos tipo Alianza versión 1999.
De la mano de esa razón populista profunda es que Kirchner goza de una salud no diagnosticada en las cifras de imagen negativa que lo condenan hoy a ser una de las figuras más reprobadas entre los candidatos a 2011 con un 57 por ciento de supuesto rechazo. El pingüino emperador no cree en esos maleficios y trabaja incansablemente para reconstruir un número que le permita soñar con ser escogido en primera vuelta como el malo conocido ante un lote de demasiados buenos por conocer.
Es curioso pero todos afirman que es temprano para hablar de candidaturas mientras fatigan kilómetros exhibiéndose para levantar puntos en las encuestas. Los Salieris de Perón son los mejores entrenados para comenzar a correr este maratón de largo alcance y ya se exhiben en la vidriera para mostrase apetecibles. Kirchner en Córdoba y Río Gallegos. Das Neves acumula millas de micro actos artesanales, Duhalde avanza sigilosamente como ajedrecista, De Narváez corre la doble provincial y nacional hasta que la justicia le autorice pista y Macri se sumó al lote envalentonado por las encuestas pero Oyarbide lo metió previsiblemente en boxes acusándolo de asociación ilícita.
El jefe de Gobierno porteño es el caso más delicado de las últimas horas porque su futuro es intrigante: puede convertirse en otra estrella fugaz caída del firmamento liberal por la torpe intriga de los espías propios o en una víctima de la conjura oficialista que lo catapulte a un liderazgo espasmódico al estilo Cobos durante la batalla del campo. En el PRO buscan desesperadamente replicar esta segunda imagen que tanto rédito le dio al Vicepresidente, aunque ya se sabe que las copias y las segundas partes no siempre resultan buenas.
Parece banal y poco edificante pero la novela de la revancha política prometida desde el Congreso viene perdiendo rating. Aunque la oposición se esfuerce hasta lo indecible para mostrar sus avances, el oficialismo juega con la ventaja de los reflejos, la uniformidad en bloque y la caja. Por ahora neutraliza el juego o convierte inminentes derrotas, como la coparticipación del impuesto al cheque, en victorias como el perdón y postergación de la deuda a los gobernadores enfermos de déficit. Con ese panorama es natural que el auditorio prefiera seguir el reality de los presidenciables prematuros antes que las batallas técnicas y aletargadas del Parlamento.
Es el mejor escenario para un mandamás millonario que justifica cualquier medio para conquistar el fin. Si la economía no sucumbe a la inflación o al proteccionismo de Moreno, en el Calafate hay un hombre que modela su retorno como rey.
(Columna publicada en el diario Día a Día de Córdoba)
Si el río suena, algo trae. Vieja frase de sabiduría popular que daba crédito a los indicios hasta que apareciera la prueba. En este caso, se trata de un caudaloso rumor que comenzó a circular desde las alturas del Ministerio de Planificación cuando promediaba el gobierno de Néstor Kirchner. La primera que se atrevió a plantearlo casi en soledad fue Elisa Carrió, denunciando que Julio De Vido era el cajero de Néstor Kirchner desde 2003 y el responsable de una verdadera estructura de recaudación para la corona.
La líder de la Coalición Cívica fue querellada por el ministro con el objetivo de enviarla a la cárcel y finalmente el propio Kirchner le ordenó a su incondicional que desistiera de la demanda en plena campaña electoral. El jueves 9 de agosto de 2007 Carrió se mantuvo en sus dichos y aseguró que “lo que se paga por la compra de petróleo a Venezuela va a un fideicomiso para hacer negocios de alimentación”, a través del cual “hay retiros de dinero, seguramente con interés y en forma irregular, algo que fue denunciado por el embajador Sadous. Hay tantas bolsas de dinero volando, que ni el gobierno más corrupto puede dejar de separar a un funcionario”.
Era el tiempo en que acababa de salir eyectada de su cargo la ministra de Economía Felisa Miceli por el escándalo de la bolsa de dinero que se le encontró en el baño del ministerio y las explicaciones vidriosas que elaboró para justificarse. Pero la historia muestra que las denuncias no hicieron mella en la credibilidad del Gobierno y el 28 de octubre de ese mismo año un 45,25 % de los argentinos le dio el triunfo en primera vuelta a Cristina Fernández de Kirchner. Carrió había dicho durante la campaña cuando le preguntaban sobre su persistencia denunciadora: “cuando las sociedades no quieren saber matan al mensajero porque no quieren escuchar el mensaje”.
Mucha agua, petróleo, maquinaria agrícola y valijas pasaron bajo el puente argentino-venezolano desde aquellos tiempos. Hasta Néstor Kirchner dejó el gobierno (aunque no el poder, claro) mientras Julio De Vido permanece firme en su lugar estratégico. Dos hombres de su entorno se fueron envueltos en una nube de sospechas y denuncias de corrupción: Claudio Uberti y Ricardo Jaime, pero el súper ministro parece, por ahora, blindado a las pruebas. Tanto que esta semana declaró que se siente “orgulloso” de haber incrementado en 20 veces los negocios con Chavez ante la ola de confesiones tardías de algunos empresarios que en off desnudan sus pagos de peaje.
A la corrupción, cuando es aislada, se la puede contener si hay un sistema de valores y de castigos que funciona. Pero cuando el cohecho se transforma en sistema se expande por el cuerpo de una sociedad como una metástasis. Pronto descubriremos que a la coima, tal vez, la hayamos domesticado tanto que hoy aparezca legalizada bajo el inofensivo título de “comisión”. Y que los presuntos coimeros son comisionistas de primer orden avalados por una corte empresarial sin rubor y a veces, sin escrúpulos.
(Columna publicada en el diario Día a Día de Córdoba)