Adrenalina en las venas del poder
¿Qué le pasa al Gobierno? ¿Está nervioso? ¿O está seguro de haber recuperado el poder de aniquilar al enemigo? Son preguntas ambiguas con respuestas binarias, como la realidad bélica que construyeron a lo largo de estos años Néstor Kirchner y Cristina Fernández.
Está claro que en los últimos movimientos tácticos de gabinete se fue limpiando el batallón pingüino de moderados y se promovió el ascenso de los ultras, pero además, esos gestos fueron acompañados de declaraciones insultantes, como si en lugar de respuestas a periodistas fueran verdaderos gritos de guerra en una hipotética batalla final.
Ni con las valijas de Antonini Wilson, ni con el caso Skanska, o la andanada de denuncias de corrupción contra Ricardo Jaime, mucho menos con el presunto enriquecimiento ilícito del matrimonio, descartado por el juez Oyarbide, se habían alterado tanto los ánimos como con la declaración del ex embajador en Venezuela Eduardo Sadous en el Congreso.
El diplomático ratificó en una reunión supuestamente secreta sus denuncias de presuntas coimas de entre el 15 y el 20 por ciento exigidas a los argentinos interesados en hacer negocios en Caracas. “Lamentablemente, cuando se les pedía a estos empresarios que dejaran por escrito sus quejas, se negaban a hacerlo porque temían comprometer sus posiciones”, indicó Sadous y sugirió que “sería bueno que ahora hablaran”.
Obviamente, como en otras oportunidades, todos los caminos de la sospecha conducen al Ministerio de Planificación, que simboliza el centro de comandos de la acción y acumulación del poder santacruceño. Pero esta vez lo notable fue la virulencia de la defensa y los esfuerzos para neutralizar “interpretaciones perversas”.
Primero fue el propio Néstor Kirchner: “Es evidente que al único que le importa promover eso es al delincuente de Magnetto, que es el dueño de Clarín”. Luego le tocó el turno a su lugarteniente, Aníbal Fernández, quien dirigiéndose al mismo blanco lo trato de “sinvergüenza”.
Horas después y ante la insistencia del resto de la prensa en indagar sobre las relaciones carnales con Chávez, fue el propio Julio De Vido quien admitió la especulación: “Hay algunos sinvergüenzas que se dicen embajadores y hablan de embajadas paralelas cuando en realidad, mientras ellos se la pasaban de copetín en copetín nosotros trabajábamos en procura de las soluciones para el país”. Y agregó. “Si a ese trabajo que él (Sadous) no hizo lo llaman embajada paralela, lo aceptamos”. A confesión de parte…
¿Estos exabruptos repetitivos son un síntoma de debilidad o de fortaleza? ¿Es la respuesta del animal acorralado que arroja dentelladas y tarascones, o la seguridad del conquistador que está a punto de doblegar a su adversario más temible? La dualidad está en que ante los gritos de guerra ambas respuestas pueden ser correctas. Y la porción del país envuelta en esta batalla maniquea espera ver pronto el desenlace.
La implementación de la Ley de Medios y los resultados del ADN sobre Marcela y Felipe Noble Herrera son dos indicios claros del efecto que produce la adrenalina que recorre a mares las venas del poder.
Conferencia en Posse
Otra maratón gratificante de la mano de la radio e invitado por el Ente Intercooperativo de Justiniano Posse. 230 kilómetros al sudeste de Córdoba Capital y con 9.500 habitantes, esta cuasi-ciudad espléndida de calles anchísimas y gente orgullosa de su pertencia nos recibió con gran calidez y hospitalidad. Cuna de Martín Demichelis, nos dimos el gusto de charlar de fútbol, Sudáfrica y Nelson Mandela con los chicos del 6 to grado de la escuela San José en “El Observador”. Luego en Enfoques pasamos revista al fenómeno del sólido cooperativismo en la región que se inculca y enseña desde la escuela primaria. En las fotos aparecen los “ángeles” anfitriones, las chicas que organizaron la visita y la conferencia el viernes por la noche para reflexionar sobre los 200 años del país, el presente y el futuro. Mil gracias a todos los que concurrieron, por todas las manos estrechadas y las muestras de afecto recibidas.
Tomografía de una ambición totalitaria
Prefieren un ejército rabioso de leales a un equipo con voces diferentes. Eso es el kirchnerismo explícito: una jauría de funcionarios dispuestos a matar o morir verbalmente por las causas de su líder y jamás dar un flanco de duda o una mínima concesión al enemigo. Desde esa óptica el compañero de hoy puede ser el traidor de mañana por mínimas desviaciones, hasta que el círculo se vuelve tan pequeño que sólo queda lugar para el fundamentalismo. Desde esas alturas tribales se desplomó el canciller Jorge Taiana, empujado hacia el precipicio por su deslealtad al hablar con periodistas de Clarín, o por su discrepancia con el romance bolivariano o cualquier herejía por el estilo.
Sale Taiana, entra Timerman. Se va un moderado que aún en la obediencia debida de una diplomacia errática supo cosechar respetos ajenos por su perfil profesional razonable. Llega un fanático convencido de que hay que limpiar a los medios de plumas hostiles y voces opositoras. El futuro canciller ha descollado más como francotirador contra los críticos del Gobierno en programas propagandistas que por su capacidad conciliatoria. Un verdadero cuadro para los vientos de guerra que propicia el Gobierno en su plan perpetuidad 2011.
El laboratorio electoral de Olivos está viviendo horas febriles de la mano de Néstor Kirchner. Allí se ensayan cien experimentos por día para prolongar “la buena onda” desatada en las calles por efecto del Bicentenario. Todo se analiza y se combina sin pudor por las formas. Desde un decretazo para apaciguar a jubilados que están debajo de la línea de pobreza, al plan de aprovechamiento de un hipotético triunfo en el Mundial o la estrategia para cooptar, comprar o silenciar periodistas y medios críticos con la abultada billetera oficial.
Por las buenas o por las malas. Así como se engrosa la lista de ministros caídos en desgracia por desobediencia debida: Alberto Fernández, Graciela Ocaña y ahora Jorge Taiana, aumenta la presión para los que quedan en la trinchera y deben ejecutar con pelos y señales la partitura bélica del matrimonio. La meta general es doblegar a los factores de poder con razones o sin ellas. Con la AFIP, la SIDE o los brazos piqueteros. Con jueces manejables o militantes pagos. En ese sueño hegemónico sobresalen Clarín y Papel Prensa como los trofeos de caza mayor que le faltan en la vitrina.
La ley de Medios es el instrumento más sofisticado con el que se dispone a construir el gran relato oficial de la epopeya revolucionaria de la Argentina en el siglo XXI. A la manera de un gigantesco diario de Yrigoyen pero con impronta chavista y mucho más eficaz a la hora de multiplicar votos, ya comenzó con el reparto de millones decodificadores digitales para el conurbano y avanza a paso firme para consolidar el multimedios pingüino con la colaboración de empresarios y periodistas que reciben sendas recompensas por su militancia.
Es la cruzada final de una pareja sin escrúpulos. Un espacio radicalizado y sin lugar para los débiles.
Parábola del arco y de la urna
La relación argentina con el éxito se parece mucho a sus convicciones futboleras. Las pasiones que desata la pelota que rueda por el césped dibuja de cuerpo entero a una sociedad resultadista, ambigua y contradictoria como cualquier grupo humano colgado de una tribuna en pos de la victoria. Tal vez por eso se alimentan y se contaminan mutuamente el deporte y la política, los barrabravas y los secretarios de Estado o los ciudadanos y los hinchas.
La anécdota no se acaba en el viaje de un grupo de profesionales de la violencia a Sudáfrica con pasaporte y financiamiento del sistema (políticos, jueces y empresarios). En todo caso es una imagen simbólica muy fuerte de quienes terminan apareciendo como abanderados eventuales del conjunto. De quiénes resultan premiados con miles de dólares para difundir o imponer la argentinidad al palo en el concierto de naciones que se dan cita en un Mundial.
Así como el hincha criollo pasa del exitismo al derrotismo crónico, las masas incluidas en ese conjunto llamado opinión pública oscilan y navegan con sus emociones a cuestas en busca de la satisfacción inmediata, la saciedad que provoca un gol, el éxtasis de una jugada maestra o la borrachera de soñar con ser los mejores del mundo por la magia de un genio salvador al que se le deben habilitar todas las pelotas.
Así en la tierra como en el cielo, en la cancha como en la economía, en la tribuna como en las urnas. No es casual que Néstor Kirchner se asome en las encuestas del pos bicentenario como aquel técnico de fútbol que en los avatares de la tabla de posiciones o en el azar del juego puede pasar de odiado a deseado de un domingo para el otro. Esa forma de consagrar o crucificar, de idolatrar o defenestrar que destila el fútbol profesional es perfectamente trasladable a la sociedad y su comportamiento político.
Billetera llena mata galán, goles son amores y pantallas gigantes en cómodas cuotas o codificadores de alta definición para los desposeídos son tentaciones nacionales demasiado grandes como para que se resista un caudillo pícaro y con viento a favor. Para otros habrá más subsidios, aumentos jubilatorios justos y por decreto y mucho espectáculo celeste y blanco que reconstruya la autoestima socavada por la patria mediática y gorila. Y si hay inflación que no se note, al menos hasta que los opositores se terminen de cocinar en su salsa de egos ardientes e indisolubles.
La mano de Dios y el barrilete cósmico que hizo dos goles a los ingleses sumergieron al país en 1986 en un placentero sopor que nos hacía reyes del mundo de la pelota. Al año siguiente Raúl Alfonsín perdía las elecciones y el velo de una economía decadente se desgarraba para desembocar en la hiperinflación final de 1989. Soberanos del fútbol y mendigos del pan nuestro de cada día. Es la parábola del arco y de la urna. Una disyuntiva crónica para hacer y gritar los goles adecuados.
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El Autor
Pablo Rossi
Nació en Córdoba el 03 de julio de 1971. Tiene 38 años, casado con tres hijos. Periodista de profesión, escritor de vocación y cocinero de oficio. Trabajó desde 1993 en gráfica, radio y televisión.
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