No es para tibios la Argentina. Más aún cuando está gobernada por un jugador que siempre redobla todas las apuestas. Así lo entendió Mauricio Macri (o se lo hicieron entender) y decidió echar su suerte a una ruleta rusa que lo puede jubilar anticipadamente como político o convertirlo en el próximo Presidente de una sociedad maniquea y exitista.
Promover súbitamente su propio juicio político cuando los opositores porteños apostaban a un desgaste lento pero inexorable que terminara como el de Aníbal Ibarra, fue un manotazo al tablero que los dejó descolocados y balbuceando. No esperaban una movida tan desesperada y riesgosa y casi pisan el absurdo de negarse a montar la guillotina ofrecida por el propio acusado.
Es cierto que los macristas creen jugar hoy con las mejores cartas en mayoría, pero cuando empieza la partida no es tan fácil controlar toda la baraja y los ases bajo la manga. Cuando se abre la caja de Pandora pueden aparecer arrepentidos, algún nuevo Borocotó o la seducción de otras cajas menos metafóricas y más suculentas provenientes de la Rosada.
Tampoco tenía demasiadas opciones el ex presidente de Boca Juniors. La presunta asociación ilícita en la causa de las escuchas, con procesamiento confirmado por cuatro jueces, lo arroja al borde de un precipicio institucional que contamina el ejercicio de sus responsabilidades. Se lo marcaron debidamente algunos radicales moderados y la propia Elisa Carrió con sus representantes y no quedó margen para dilaciones.
El panorama se le volvía desolador: licencia, renuncia o muerte lenta de su expectativa electoral hasta que llegara el juicio oral y público en fecha lejana e incierta.
Otro costado de la realidad marca paradojas insalvables. El espionaje interno de la ex Side, promovido por Néstor Kirchner para controlar la vida de empresarios, adversarios políticos, periodistas molestos y hasta soldados propios sospechosos, se ha convertido en la máxima violación a la ley de Seguridad Interior en tiempos democráticos. Sólo que esta flagrancia cuenta con la prescindencia escandalosa de fiscales y jueces federales.
Al lado de esa mega estructura permanente, Ciro James, el Fino Palacios y otros espías enquistados en el gobierno de la Capital no llegan a conformar un pobre kiosco de chusmas de barrio. Con la salvedad que el delito, cuando hay voluntad de descubrirlo, no se atenúa ni exculpa por la comparación con delincuentes peores.
La pregunta que se lanzó a la ruleta rusa del país es descabellada por muy Argentina: ¿A quién le cree el electorado que votará en 2011? ¿A Macri cuando dice que es una víctima de la perversidad e influencia de Kirchner, o a la justicia que lo tiene contra las cuerdas por un delito grave?
La sensación es que aquí los verdugos y las víctimas tienen rédito y atraen poder. Los primeros porque se les teme y se respeta su capacidad de daño. Los segundos porque sirven de catarsis colectiva para frenar a los primeros cuando hastían. Macri apuesta a ser el perseguido más popular y exitoso de Kirchner.
El país suma libertades y agrega conflictos. Se podrá decir que es una ecuación lógica cuando una sociedad avanza en territorios que otras todavía no exploraron, como el derecho al matrimonio y a la adopción de niños para parejas del mismo sexo, pero aquí se le agregan elementos propios y distintivos que le dan una complejidad mayor. No se trata sólo de la eterna disputa entre conservadores y progresistas, Iglesia y tradición versus modernidad.
Porque en Argentina las categorías y las ideologías se confunden y se contradicen a tal punto de perder su valor de orientación básica. Como si todavía viviéramos en medio de las réplicas de un terremoto que nos impide construir sobre sólido. Ese cataclismo fue promovido por la violencia política armada, la represión ilegal, las variadas dictaduras y la imposibilidad de entender la libertad como responsabilidad y no sólo como derecho.
Pruebas: se debatió y resolvió en tiempo record, con oportunismo, fundamentalismo y gran hipocresía lo que en otros países lleva años de paciente intercambio en búsqueda de consensos. Curiosamente, sectores de izquierda y del llamado “progresismo”, que militan todavía en la idea romántica de la revolución cubana y el castrismo revolucionario fueron impulsores de esta reivindicación para los homosexuales que sólo rige en diez países del mundo. Justamente en la isla caribeña, el dictador admirado y “los barbudos de la Sierra Maestra” fueron autores y ejecutores de las persecuciones homofóbicas más feroces contra “la enfermedad y la degeneración burguesa”.
Desde la otra vereda, políticos supuestamente liberales con vergüenza de serlo y confusión acerca de su significado más profundo se dejaron arrastrar cómodamente hacia los más rancios conservadurismos. Parece ignorado u olvidado en estas pampas que la tolerancia, la lucha contra la discriminación y la defensa de las minorías se edificaron primero en las democracias liberales europeas que lograron establecer una firme diferencia entre cuestiones de Iglesia y cuestiones de ciudadanos frente al Estado.
Así las cosas, como en el cambalache de Discépolo, se terminó mezclando la Biblia y el calefón, Mussolini y Franco con Fidel, los demonios salidos de las cavernas medievales de la Fe con el circo gay. El resultado fue un atolondrado igualitarismo para una minoría, portado como estandarte vanguardista por sectores políticos que todavía le deben igualdad real y ejercicio de sus derechos humanos básicos (salud, justicia, educación y jubilación digna) a vastos sectores de la sociedad.
Muchos podrán decir, con verdad, que siempre es preferible sumar una libertad antes que conculcar un derecho. Pero la convivencia sólida para su ejercicio pleno requiere algo más que sujetos libres acumulando potestades. Hace falta una dosis proporcional de responsabilidad, tolerancia, gradualidad e inteligencia para administrar las prioridades.
Los argentinos seguimos escapando hacia delante. Huimos todavía, cabalgando ya largos años, de la noche negra del autoritarismo y los odios que no dejamos atrás. Por eso los debates presentes están teñidos de pasado. Tal vez por eso se sobreactúa la libertad con tanta algarabía y poco apego al equilibrio. Es la carencia y el cargo de conciencia por resolver.
Esclavos de la discordia, celebramos la independencia. Una contradicción más para el manual básico del ser argentino. El 9 de julio evocado en Tucumán fue muy prolífico en imágenes de un país retórico y contaminado de enfrentamientos medievales que disfrazan la pobreza de los pobres y la viveza de algunos enriquecidos.
Cristina Fernández aterrizó en el jardín de la República envuelta en el diario de Irigoyen que le escriben sus fanáticos a sueldo. En una ráfaga de declaraciones poco estimulantes sugirió que unos cinco millones de jubilados que cobran 895 pesos debían agradecerle a ella y a su marido “el hombre de pelo gris”, haberlos sacado del infierno, en lugar de pedir el 82 por ciento de un sueldo mínimo que les daría la extravagancia de mil doscientos pesos para dilapidar por mes.
Al mismo tiempo y sin lugar para más rubores, la Presidente daba a conocer su propia declaración jurada que admite un aumento patrimonial de 2.300 por ciento en 7 años. De 2 a 54 millones de pesos gracias a plazos fijos únicos en el mercado, inquilinos generosos que pierden plata con sus hoteles mientras hacen negocios con el Estado y otras operaciones financieras que dejarían al propio David Rockefeller como un torpe aprendiz de bolsa. Todo esto matizado por discursos progresistas, de distribución de la riqueza (ajena) y de multiplicación de la propia.
Pero en los escenarios tucumanos la fortuna se disimuló mejor con el abrazo de los artistas populares y la adoración de miles de ciudadanos bajados de los colectivos como ofrenda del gobernador José Alperovich. Y para no dejar nada librado al azar, no podía faltar el enemigo de turno, el desplante de ocasión y la cortina de humo que entretenga al pueblo lejos de los negocios y las sospechas.
Esta vez la Iglesia fue un partenaire eficiente del oficialismo y sus estrategias, convirtiendo cada Tedeum del 9 de julio en una trinchera de cruzados contra el matrimonio gay. Cristina Fernández esquivó la Catedral con un discurso defensor de las minorías y Néstor Kirchner les pidió salir del “oscurantismo”. La respuesta vino de parte de los obispos más conservadores, quienes hablaron de un clima de “guerra” poco metafórico o elíptico.
Como si no fueran suficientes las batallas irresueltas que se arrastran del pasado, ni la manipulación de los muertos, de los heridos, ni sus secuelas. Los fundamentalismos ganaron otra vez la escena con tonos inquisidores de víctimas y victimarios que desprecian a los neutrales y condicionan la libertad. Nunca puede ser edificante agitar a los demonios, bíblicos o carnales, devolviéndole protagonismo. Es la mejor manera de prolongar su influencia en base al miedo, la extorsión o la hipocresía de la unidad nacional que se socava en cada gesto divisorio.
Vivir como subordinados del resentimiento y de la discordia poco tiene que ver con celebrar la Independencia que alguna vez soñaron los patriotas. No hay discurso ni credo que lo disimule. Porque la peor esclavitud es la que nace de nuestras propias miserias.
Soplan vientos huracanados en Olivos. Mientras Néstor Kirchner juega al truco y canta siempre falta envido para que se achique el rival, aunque tenga 24 de copas, la oposición se mueve en el Congreso con lógica de ajedrez: comiendo las piezas de a una y con relativa eficacia. En esa diferencia de estilos y estrategias esta dibujándose la suerte de la Argentina próxima.
Los que ponen un oído cerca de la alcoba presidencial dicen que el nivel de nerviosismo colapsó cuando el Banco de Datos Genéticos que depende del Ejecutivo reveló que no se pudo establecer si Felipe y Marcela Noble Herrera son hijos de desaparecidos. Esa carta es para el Gobierno mucho más decisiva que diez derrotas parlamentarias. Pero si en simultáneo con esa noticia que se esperaba con ansiedad de boxeador para el nocaut, se suman las tormentas del Congreso, es lógico pensar en un estado de ánimo exasperado en la Rosada.
Con la media sanción para la reforma del Consejo de la Magistratura que amplía sus miembros y le quita manejo al oficialismo, se desafila la espada de Damocles que ejercen sobre jueces que se animen a ir al corazón de las sospechas de corrupción. Ya no serán Carlos Kunkel ni Diana Conti los verdugos que amenacen a los magistrados díscolos que hurguen rincones prohibidos.
El probable consenso opositor alrededor del 82 por ciento móvil a los jubilados pone a Cristina Fernández en el antipático lugar del que dice que no tiene plata mientras chorrean millones para amigos y subsidios improductivos y clientelares. Algo similar le ocurrió cuando se reclamaba el ingreso universal para la infancia. Primero dijeron que era una locura imposible de financiar. Luego le arrebataron la bandera a la CTA y a Carrió para hacerla propia y factible.
Otra vez arrinconados y con la misma respuesta. El ministro de Economía ironizó que semejante nivel de ingreso a previsional habría que buscarlo en Luxemburgo. En realidad, el arco opositor se adelanta a un posible regalo electoral pensado por el astuto Kirchner para su plan 2011. Si avanza la ley en el Congreso que armoniza el mandato previo de la Corte Suprema será muy difícil vetarla. Si se respeta la voluntad parlamentaria será arduo capitalizar el rédito.
Pero lo que transfiguró el rostro del Jefe como pocas otras noticias fue una jugada mucho más silenciosa y sin tanta repercusión mediática. En una madrugada que se prolongó hasta las primeras luces del día miércoles, la oposición le arrebató la presidencia de la Comisión de seguimiento de los organismos de Inteligencia del Estado que estaba en manos del oficialismo. Es como ponerle un espía ajeno a los espías propios y tener acceso al uso de la SIDE cuando se utiliza para el apriete de los adversarios.
Esa mañana posterior, un enfurecido Agustín Rossi se le acercó a Felipe Solá para advertirle que la guerra sería total. ¿Me estás diciendo que vale todo?, le preguntó el bonaerense ya lanzado a la candidatura presidencial? Por supuesto, respondió el santafesino. Vale todo.