Van por todo. Esa frase les parecía en 2007 la exageración de algún opositor agorero a muchos empresarios que querían ver a Néstor Kirchner sólo como el eficiente administrador que estaban reclamando. Hoy, a esos mismos hombres de negocios les corre un frío por la médula espinal cuando observan la cacería oficial sobre Héctor Magnetto y el grupo Clarín. Porque temen ser los próximos. Pero como en el poema adjudicado a Bertolt Bretch, deberían haberse preocupado antes, cuando los pingüinos llamaban a las primeras puertas.
El caso Fibertel, con la anulación intempestiva del permiso para prestar servicios de Internet debería ser un expediente administrativo de Defensa de la Competencia. En cambio, es apenas el aperitivo de muestra que antecede al gran golpe que el Gobierno sueña como una estocada mortal a un enemigo declarado: la intervención de Papel Prensa a partir de pruebas de supuestos delitos exhibidas en formato cinematográfico y la cárcel para el CEO del holding que fundó Roberto Noble.
Lo notable de estas últimas horas es que muchos aparecen sorprendidos por una estrategia que se fue anticipando en cada apriete de Guillermo Moreno al mundo productivo, en cada mensaje cifrado de Julio De Vido a los hombres de negocios y en los arrebatos vanguardistas de algunos ex montoneros dedicados a la venganza por nuevos métodos, de su generación perdida. “En los 70’ nos equivocamos con las armas. Hoy vamos por el poder económico”, confiesa uno de los más prósperos contratistas del Estado que contribuye comprando medios para ponerlos al servicio de la corona.
La voracidad crece a medida que van cazando presas. Fue el Gobernador Mario Das Neves de Chubut el que a su paso por Córdoba relató que por su provincia se pasea Rudy Ulloa Igor, ex chofer de Kirchner devenido en el zar los medios en Santa Cruz, poniéndole precio a cuanta FM, diario o canal esté a disposición. La misma versión por otras fuentes se repite en los medios de Capital Federal desde que el mismo personaje avanzó por Telefé. “Todas las semanas aparece un mensajero ofreciendo arreglar el precio y sacarle un problema a los españoles”, se confesó un conocido periodista que a diario confronta con el Gobierno desde una histórica radio de Buenos Aires.
La foto de los legisladores opositores denunciando el viernes que las acciones del gobierno contra Clarín ocultan “un ataque a las libertades individuales” es la constatación de dos realidades: la ambición desmedida del matrimonio y la fragilidad colectiva de sus rivales. Hasta ahora, aunque falta un tramo considerable para las elecciones, sólo pudieron unirse cuando responden contra Kirchner. Y ya se conocen en el país como terminan esas confraternidades por el espanto y no por la razón.
Hasta ahora “la caja”, el centro gravitacional del poder pingüino, está en sus manos sin mayores bajas. La promesa del Congreso opositor fue ponerle límites al sueño dinástico santacruceño que se funda en esos millones. Las presidenciales se comienzan a jugar hoy con los golpes al poder económico. En Olivos creen que el país entero tiene precio y que ellos lo pueden pagar.
Cruje el desacuerdo cívico poco social. Los radicales, expertos en disolución de su propio partido le piden a Elisa Carrió que no rompa lo que nadie sabe muy bien que es. ¿Una nueva Alianza? ¿Una concertación al estilo chileno?¿Un progresismo modelo Frente Amplio uruguayo? Ciertamente no es fácil definir ese espacio polígamo de amores diversos y egos más grandes que sus ideologías.
Primero fue Julio Cobos, a quien el azar de una resolución ministerial convirtió en héroe momentáneo de la furia gaucha por las retenciones. Esa instancia, y la obstinación kirchnerista por felpudear a todo el mundo, lo transformó en la cenicienta de la política con su titubeante voto no positivo. Pasó del subsuelo de las encuestas como partenaire de Cristina a niño prodigio y mimado por las clases medias altas del campo y la ciudad.
La UCR del 2 por ciento de Moreau, Storani, Nosiglia y compañía veía surgir una nueva estrella a quien el partido había expulsado por traidor cuando lo arrasaba la ola transversal de los radicales K. Y Cobos creyó que la magia de la 125, como en los cuentos, sería para siempre. Jugó a ser opositor desde adentro de la Casa Rosada mientras el matrimonio lo perseguía quitándole granaderos, aviones y hasta el saludo. Funcionó por un tiempo y el mendocino se acostumbró rápido a las alturas inalcanzables de la imagen positiva. Pero en política, como en la vida, lo que el agua trae, el agua lleva.
Murió Raúl Alfonsín y la misma sociedad que jamás lo indultó por la hiperinflación y el pacto de Olivos, lloró por el final del único Presidente de la democracia que podía caminar por la calle sin que la justicia, el enriquecimiento o el descrédito lo acechen. Tal vez el remordimiento tardío se convirtió en el nuevo milagro para otro radical. Sin buscarlo expresamente, desde las exequias mismas de su padre, surgió la estrella ascendente de Ricardo Alfonsín.
Como si hubiera operado una verdadera reencarnación, el hijo en eterno segundo plano ahora hablaba, se vestía y cada vez más se parecía a su mentor extinto en las mejores épocas de juventud. Y resultó proporcional la escalada en las encuestas con el derrumbe de Cobos desojando la margarita con su renuncia al Gobierno. La interna en Buenos Aires dejó constancia de la vuelta de taba y los radicales vieron aparecer la desacostumbrada convivencia de dos liderazgos después de tanta sequía.
Ahora se acaba el cuento y vienen las preguntas. ¿Con Alfonsín y Cobos disputando el renacimiento del partido, pueden soñar con primeros puestos los socialistas y Carrió? El desafío que tienen los socios minoritarios es aceptar o no, como señala Pino Solanas, ser el furgón de cola de los radicales. Esperar su interna y completar recién allí los casilleros que falten. La chaqueña que construyó en soledad sus distintos artefactos políticos no está dispuesta a regalar espacios ni a ceder el timón.
Los centenarios radicales tienen por delante la chance de engolosinarse en el Comité o refundar alianzas exitosas como fueron las de Chile o Uruguay.
Nunca habrá paz en el reino de los Kirchner. Alguna vez lo dijo Néstor y más tarde lo refrendó Cristina: aborrecen la calma de los cementerios y prefieren mil veces el conflicto. Por eso Argentina vuelve a ser ese territorio donde se cavan trincheras todos los días, brotan las antinomias más feroces y los neutrales se extinguen por inanición.
De allí que no existan fotos ingenuas y cada imagen represente un cuadro bélico. Los opositores convocados en la Rural para hablar de retenciones al lado del “comandante en jefe” Hugo Biocatti, la cena del martes pasado con los cinco mosqueteros federales en el departamento de Héctor Magnetto, o la panorámica de empresarios e industriales reclamando seguridad jurídica y combate a la inflación.
Si al matrimonio le gusta la guerra es porque siempre se capitalizaron en las batallas mientras se vendían como héroes reivindicativos de causas nobles. Eso les dio dinero y votos por igual, que supieron manejar con habilidad en una empresa común. La invención o la resurrección de enemigos a toda hora ha sido su maniobra más redituable y nada indica que vayan a cambiar de estrategia.
Algunas encuestas reflejan por estos días que la imagen de ambos se viene recuperando lentamente. Ese fenómeno ocurre al compás de cierto bienestar económico demostrado en un consumo indetenible. Aunque los mismos sondeos los colocan perdidosos frente a un ballotage, y la emisión monetaria más la inflación amenazan con hacer explotar la burbuja, el ejército pingüino, sus amigos financistas y propagandistas espolean un tercer período monárquico.
Desde este escenario ¿son conspirativas las fotos de opositores y empresarios unidos, entre otras cosas, por el espanto a la perpetuación del poder kirchnerista? Definitivamente si. Pero no debería escandalizar a la trinchera pinguina que las consecuencias de sus actos autoritarios y estratégicos tengan respuestas proporcionales. Unos de los intelectuales cercanos al gobierno, Horacio Gonzalez, integrante de Carta Abierta, naturaliza la conspiración como un elemento indisoluble del comportamiento político.
La pregunta es si habrá racionalidad además de espanto en los conglomerados opositores que se animan a romper el miedo persecutorio del oficialismo. En el departamento de Magnetto, Duhalde, Solá, Reutemann, De Narvaez y Macri no arribaron a ningún acuerdo superador. Apenas si depusieron sus egos a la hora de los postres pero sin mayores compromisos que el del sentido común para ocupar posiciones en 2011.
Como se sabe, Reutemann dijo por enésima vez que no será candidato. A Macri lo intentaron convencer de que jamás podría reunir al peronismo sin fisuras detrás de su marca PRO. Duhalde quiere quedar como la salida inevitable pero Felipe cuenta con la venia silenciosa y el apoyo de Francisco, que promete repetir en Buenos Aires y del ex gobernador de Santa Fe para diputarle las internas. Por ahora se conforman con que el caudillo de Lomas de Zamora no se venda otra vez como el titiritero del sector.
Arduas batallas se insinúan en el horizonte. Por ahora son aprontes de guerra en un país donde aumentan las salideras bancarias y las trincheras en la misma proporción.
Hace diez años se quitaba la vida René Favaloro y le dejaba a una sociedad enferma su aporte póstumo: una carta con el filo de un bisturí que se hundía en la carne fresca de la corrupción imperante. Cansado y porfiado no estaba dispuesto a ceder a la cultura del retorno. “No puedo cambiar, prefiero desaparecer”. En ese testamento moral se despacha contra sindicalistas coimeros, políticos indolentes y empresarios cómplices de un sistema de salud devorador de pobres y de genios.
Se pegó un tiro en el corazón el que había salvado a miles. No quiso transar. No sabía o no podía. Fue una metáfora aplastante para una clase política adocenada en la indignidad. Era la bisagra entre el final de la fiesta menemista y el abismo de inoperancia que abría De la Rúa. El Pami sobresalía como la nave insignia del robo descarado en las obras sociales, que atravesaba gestiones acumulando delitos y eliminando jubilados.
Tuvo que pasar una década para que recién la justicia chocara con la punta del iceberg de la mafia de los medicamentos. Una década para que la vaca sagrada de la bancaria terminara entre rejas acusado de asociación ilícita. Una década con la política nutriéndose del dinero de los laboratorios, financiando campañas, comprando silencios e impunidad.
René Favaloro no descansa en paz. Los creyentes dirán que por su cobardía final de arrogarse una potestad que le corresponde a Dios y despreciar paradójicamente aquello que contribuyó a prolongar en tantos otros: la vida. Pero no descansa en paz, seguramente, porque aquello que dejó por escrito como un último grito de advertencia, se ha diseminado como metástasis en el tejido social del país.
Hoy sabemos de sobra que la corrupción mata. Y elimina primero a los que se resisten con vigor a caer en sus redes. Es una muerte en dosis, como un veneno en gotas que se proporciona al diez por ciento. Es la salud que no cura, el subsidio capturado a medio camino, los millones desviados que no van a las escuelas ni a las canasta básica. Y el coimero gana cuando lo rodea un conjunto de hombres sin valores ni principios. Los que justifican el retorno como una manera de ser nacional o un acto de justicia en defensa propia ante la corrupción mayor que supone de los otros.
El cardiocirujano más famoso del país lo dejó brutalmente claro: “Es indudable que ser honesto en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar”. Y el pagó con sangre y corazón. Fue un chivo expiatorio molesto para una clase política indigna de elogios a su honestidad y exenta de ejemplaridad básica para frenar el envenenamiento. Una jauría de perros tras el hueso del poder, sin límites éticos para obtenerlo.
René Favaloro lo escribió un 29 de julio de 2000 a las 14.30 hs. Después desapareció. Fue su mayor alegato contra nuestras miserias. Y un bisturí clavado en la conciencia colectiva que exige ser utilizado para curar.