El cirujano todavía acusa
Hace diez años se quitaba la vida René Favaloro y le dejaba a una sociedad enferma su aporte póstumo: una carta con el filo de un bisturí que se hundía en la carne fresca de la corrupción imperante. Cansado y porfiado no estaba dispuesto a ceder a la cultura del retorno. “No puedo cambiar, prefiero desaparecer”. En ese testamento moral se despacha contra sindicalistas coimeros, políticos indolentes y empresarios cómplices de un sistema de salud devorador de pobres y de genios.
Se pegó un tiro en el corazón el que había salvado a miles. No quiso transar. No sabía o no podía. Fue una metáfora aplastante para una clase política adocenada en la indignidad. Era la bisagra entre el final de la fiesta menemista y el abismo de inoperancia que abría De la Rúa. El Pami sobresalía como la nave insignia del robo descarado en las obras sociales, que atravesaba gestiones acumulando delitos y eliminando jubilados.
Tuvo que pasar una década para que recién la justicia chocara con la punta del iceberg de la mafia de los medicamentos. Una década para que la vaca sagrada de la bancaria terminara entre rejas acusado de asociación ilícita. Una década con la política nutriéndose del dinero de los laboratorios, financiando campañas, comprando silencios e impunidad.
René Favaloro no descansa en paz. Los creyentes dirán que por su cobardía final de arrogarse una potestad que le corresponde a Dios y despreciar paradójicamente aquello que contribuyó a prolongar en tantos otros: la vida. Pero no descansa en paz, seguramente, porque aquello que dejó por escrito como un último grito de advertencia, se ha diseminado como metástasis en el tejido social del país.
Hoy sabemos de sobra que la corrupción mata. Y elimina primero a los que se resisten con vigor a caer en sus redes. Es una muerte en dosis, como un veneno en gotas que se proporciona al diez por ciento. Es la salud que no cura, el subsidio capturado a medio camino, los millones desviados que no van a las escuelas ni a las canasta básica. Y el coimero gana cuando lo rodea un conjunto de hombres sin valores ni principios. Los que justifican el retorno como una manera de ser nacional o un acto de justicia en defensa propia ante la corrupción mayor que supone de los otros.
El cardiocirujano más famoso del país lo dejó brutalmente claro: “Es indudable que ser honesto en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar”. Y el pagó con sangre y corazón. Fue un chivo expiatorio molesto para una clase política indigna de elogios a su honestidad y exenta de ejemplaridad básica para frenar el envenenamiento. Una jauría de perros tras el hueso del poder, sin límites éticos para obtenerlo.
René Favaloro lo escribió un 29 de julio de 2000 a las 14.30 hs. Después desapareció. Fue su mayor alegato contra nuestras miserias. Y un bisturí clavado en la conciencia colectiva que exige ser utilizado para curar.




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