El dominio de los cruzados
Esclavos de la discordia, celebramos la independencia. Una contradicción más para el manual básico del ser argentino. El 9 de julio evocado en Tucumán fue muy prolífico en imágenes de un país retórico y contaminado de enfrentamientos medievales que disfrazan la pobreza de los pobres y la viveza de algunos enriquecidos.
Cristina Fernández aterrizó en el jardín de la República envuelta en el diario de Irigoyen que le escriben sus fanáticos a sueldo. En una ráfaga de declaraciones poco estimulantes sugirió que unos cinco millones de jubilados que cobran 895 pesos debían agradecerle a ella y a su marido “el hombre de pelo gris”, haberlos sacado del infierno, en lugar de pedir el 82 por ciento de un sueldo mínimo que les daría la extravagancia de mil doscientos pesos para dilapidar por mes.
Al mismo tiempo y sin lugar para más rubores, la Presidente daba a conocer su propia declaración jurada que admite un aumento patrimonial de 2.300 por ciento en 7 años. De 2 a 54 millones de pesos gracias a plazos fijos únicos en el mercado, inquilinos generosos que pierden plata con sus hoteles mientras hacen negocios con el Estado y otras operaciones financieras que dejarían al propio David Rockefeller como un torpe aprendiz de bolsa. Todo esto matizado por discursos progresistas, de distribución de la riqueza (ajena) y de multiplicación de la propia.
Pero en los escenarios tucumanos la fortuna se disimuló mejor con el abrazo de los artistas populares y la adoración de miles de ciudadanos bajados de los colectivos como ofrenda del gobernador José Alperovich. Y para no dejar nada librado al azar, no podía faltar el enemigo de turno, el desplante de ocasión y la cortina de humo que entretenga al pueblo lejos de los negocios y las sospechas.
Esta vez la Iglesia fue un partenaire eficiente del oficialismo y sus estrategias, convirtiendo cada Tedeum del 9 de julio en una trinchera de cruzados contra el matrimonio gay. Cristina Fernández esquivó la Catedral con un discurso defensor de las minorías y Néstor Kirchner les pidió salir del “oscurantismo”. La respuesta vino de parte de los obispos más conservadores, quienes hablaron de un clima de “guerra” poco metafórico o elíptico.
Como si no fueran suficientes las batallas irresueltas que se arrastran del pasado, ni la manipulación de los muertos, de los heridos, ni sus secuelas. Los fundamentalismos ganaron otra vez la escena con tonos inquisidores de víctimas y victimarios que desprecian a los neutrales y condicionan la libertad. Nunca puede ser edificante agitar a los demonios, bíblicos o carnales, devolviéndole protagonismo. Es la mejor manera de prolongar su influencia en base al miedo, la extorsión o la hipocresía de la unidad nacional que se socava en cada gesto divisorio.
Vivir como subordinados del resentimiento y de la discordia poco tiene que ver con celebrar la Independencia que alguna vez soñaron los patriotas. No hay discurso ni credo que lo disimule. Porque la peor esclavitud es la que nace de nuestras propias miserias.




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