Esplendor de otra mediocracia
Para José Ingenieros “en ciertos momentos la nación se aduerme dentro del país. Los apetitos acosan a los ideales, tornándose dominadores y agresivos. Todos se apiñan en torno de los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro: nadie se sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en la vergüenza común”. Era su manera de describir las lacras morales que creía divisar allá por 1910, curiosamente en la Argentina del Centenario.
Imposible saber que diría aquel filósofo que despreciaba a viva voz a los traficantes del lucro y a la mediocridad del servilismo si se asomara por la vida pública nacional cien años después y tuviera que definir el vuelo corto y carroñero de la política como espejo del presente.
Un matrimonio que reina con gran astucia desde hace siete años con el pulso imbatible de una billetera todopoderosa. Una sociedad que saca boletos para la recuperación económica firmando cheques en blanco a un obsesivo compulsivo por el dinero como Néstor Kirchner. Esa misma sociedad que tardíamente descubre el exceso y busca remediarlo en las urnas votando opositores cuando ya se aguó la fiesta que disfrutaron pocos y la resaca se generaliza por la inflación.
En el Parlamento los debates se parecen a partidas de truco donde gana la picardía del osado o el que engaña mejor. El transfuguismo es un arte que va sumando cultores y multiplicando ganancias en bloques unipersonales. La virtud es anular al enemigo por el factor sorpresa, ridiculizarlo en la ingenuidad o comprar barata su conciencia.
En El hombre mediocre, Ingenieros dice: “Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo representan. Todo se miente con la anuencia de todos; cada hombre pone precio a su complicidad, un precio razonable que oscila entre un empleo y una condecoración”. Leer estas páginas es pensar en los gobernadores de provincias y sus urgencias tan conmovedoras. Esas que avalan siempre cualquier capitulación frente a la billetera unitaria y prolongan la dádiva como instrumento de dominio.
Esta es una renovada mediocracia, señores. Definida hace cien años como el lugar donde ”jaurías de mediocres vinculados por comunes apetitos osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un ideal y reclutan una hueste de lacayos. Claman contra los abusos de poder, aspirando a cometerlos en beneficio propio”. Todo parecido con el presente no es mera coincidencia. Sólo falta agregarle nombres propios y lanzarlos especulativamente hacia la próxima elección idealizando una salida invisible entre alternativas que se parecen demasiado.
José Ingenieros sabía que muy pocos moralistas argentinos podían escribir tan categóricamente sin que les temblara el pulso. ¿Cuántos pueden levantarse hoy para rebatir aquella crítica de época convertida en predicción?¿Cuántos somos los aludidos y quienes los dispuestos a transitar el camino inverso? Dicen que prefería un solo convencido a cien admiradores literarios y que sería feliz si algún joven, por la lectura de sus páginas, se propusiera ser “el más virtuoso de sus contemporáneos”.
(Columna política publicada este domingo en el diario Día a Día de Cordoba)




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