Esquinas iluminadas de Chile
Camino por Santiago a pocas horas de una elección presidencial y me pregunto si hay alguna relación entre la estabilidad política de veinte años y los canteros de flores intactas, las luces navideñas que forman avenidas aéreas entre los plátanos, las calles sin basura a la vista, el parque automotor y el servicio de transporte moderno y silencioso, imágenes de ciudad con vestigios claros de orden y calidad de vida en su espacio público.
Me pregunto si algunas sociedades encontraron la fórmula para acumular y cuidar el aprendizaje democrático y a la vez seguir batallando con las carencias y las desigualdades que demandan muchos sectores postergados.
Chile exhibe hoy destellos de un país que decidió aglutinarse en torno a la ley, al respeto por la autoridad, y a la confianza en sus instituciones. Pero tampoco oculta que su fracaso en la educación pública hace migrar a miles de chicos hacia escuelas privadas subvencionadas. O el retraso en la cobertura de salud, o la necesidad de incrementar la protección social y reformar la jubilación privada sin expropiar el dinero de aquellos que vienen acumulando sus reservas a futuro.
Con veinte años de alternancia en el gobierno socialdemócrata de la Concertación, al Estado nunca se lo rifó escandalosamente ni se lo resucitó como un ogro voraz y castigador. Ni ausente ni asfixiante, regulador pero no intervencionista. Los gobiernos socialistas de Lagos y Bachellet nunca confundieron ideología con ideologismo, será por eso que sus relaciones políticas y económicas con Estados Unidos son de las mejores del continente.
Políticos de izquierda que padecieron el asesinato de la dictadura en sus familias tuvieron la templanza de hacer valer la justicia sin venganza cuidando que no se desgarre el tejido social en trincheras de rencor.

Me pregunto si esas cualidades constructivas tienen que ver con las chances de gobernar que se le abren a la nueva derecha chilena. Ya sin el fantasma de Pinochet, los candidatos a presidente debatieron cara a cara en cinco oportunidades con asistencia perfecta, en ellos, la seducción por el futuro primó antes que desandar las chicanas del pasado.
Me pregunto qué clase de madurez cívica tiene esta sociedad que le otorga a la mujer que deja la presidencia con un reconocimiento personal del 75 por ciento y a la vez se dispone a confiar en el candidato opositor para los próximos años.
Algo hay en este lado B de la cordillera, en este pequeño país de orgullo nacional visible donde sus políticos se retiran sin escándalos de corrupción, ni enriquecimientos sospechosos, ni amenazas de calabozo para su jubilación.
Solo hace falta caminar con atención y mirar sin prejuicios ni viejas rivalidades las calles de Santiago. Hablar con su gente, bordear entre arboledas el río Mapocho o mezclarse en el gentío del Mercado Central. Están allí, al alcance de cualquiera. Son pequeñas lecciones valiosas en las esquinas iluminadas de Chile
Con Luis Fernández Echegaray en Estación Mapocho, Complejo cultural y centro electoral 2009






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