La memoria patológica
El pasado inconcluso es la mejor excusa para caminar en círculos y vivir en un presente convenientemente imperfecto. Argentina es un país que siempre está en obras y en proyecto. No precisamente porque construya sólidos cimientos sino porque permanece envuelto en el polvo de sus escombros y sus miserias, reparando, reincidiendo o lucrando con lo que ayer mismo se hizo defectuosamente. Una torre de Babel interminable donde el diálogo es una herramienta imposible y el aprendizaje colectivo una quimera.
¿Cómo explicar el regreso de la inflación a tasas que compiten con las más altas del mundo y con ella el retorno de los viejos argumentos que la negaban o justificaban por inofensiva? “Es culpa de la carne”, dice el ministro de turno tapando el sol con la mano. “Es culpa de la verdurita” decía el viejo Alvaro Alsogaray en el siglo pasado cuando otros defendían la tesis por la cual “un poco” de la droga estaba bien. El resultado final en los años ochenta, después de aumentar la dosis inflacionaria año tras año, fue la perdición de un adicto compulsivo que terminó en la hiper-enfermedad.
A un año de la muerte de Raúl Alfonsín, los radicales quemados en aquel incendio de 1989 debieran haber repartido un manual de autoayuda para un gobierno peronista que los defenestra y que a la vez juega temerariamente con el mismo fuego. Porque además, con la mira en 2011, ni el parecido de su hijo Ricardo ni las ofrendas florales a su honestidad intelectual bastarán para demostrar al país que pueden volver al poder y devolverlo sin cataclismos.
¿Y el resto de los argentinos? Todos sabemos que nos mienten y una gran mayoría dice haber descubierto hace mucho el engaño sobre el costo de vida pero se hace difícil explicar al resto del mundo esa actitud de mujer golpeada que sigue sometida a su verdugo. Mientras tanto, el tiempo acumula afrentas a la verdad, los números falsos contaminan las nociones de valor de la moneda, poder adquisitivo y calidad de vida. Es la consagración del doble estándar nacional que en otras materias y en otros tiempos sólo se quebraba cuando ya es demasiado tarde para lágrimas.
En otro plano, ante el recuerdo de los 34 años del golpe militar de 1976 somos crónicos apelantes de la memoria, de la verdad y de la justicia y a la vez, artífices de un sistema que conspira contra los tres valores. Usamos la historia a conveniencia de parte, recordamos sin acumular ni capitalizar lo vivido y convertimos la aplicación de la ley en venganza, impunidad u oportunismo con ese pasado calculadamente irresuelto.
La resurrección inflacionaria y sus debates perimidos o el retorno de las trincheras irreconciliables donde el odio vuelve a encontrar su campo de cultivo no es el mejor telón de fondo para celebrar doscientos años de historia. En todo caso es la revelación cruda de un cuerpo social con digestión defectuosa de los errores y dueño de una memoria selectiva patológica.
(Columna publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba)




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