Libres de mala conciencia

 El país suma libertades y agrega conflictos. Se podrá decir que es una ecuación lógica cuando una sociedad avanza en territorios que otras todavía no exploraron, como el derecho al matrimonio y a la adopción de niños para parejas del mismo sexo, pero aquí se le agregan  elementos propios y distintivos que le dan una complejidad mayor. No se trata sólo de la eterna disputa entre conservadores y progresistas, Iglesia y tradición versus modernidad.

Porque en Argentina las categorías y las ideologías se confunden y se contradicen a tal punto de perder su valor de orientación básica. Como si todavía viviéramos en medio de las réplicas de un terremoto que nos impide construir sobre sólido. Ese cataclismo fue promovido por la violencia política armada, la represión ilegal, las variadas dictaduras y la imposibilidad de entender la libertad como responsabilidad y no sólo como derecho. 

Pruebas: se debatió y resolvió en tiempo record, con oportunismo, fundamentalismo y gran hipocresía lo que en otros países lleva años de paciente intercambio en búsqueda de consensos. Curiosamente, sectores de izquierda y del llamado “progresismo”, que militan todavía en la idea romántica de la revolución cubana y el castrismo revolucionario fueron impulsores de esta reivindicación para los homosexuales que sólo rige en diez países del mundo. Justamente en la isla caribeña, el dictador admirado y “los barbudos de la Sierra Maestra” fueron autores y ejecutores de las persecuciones homofóbicas más feroces contra “la enfermedad y la degeneración burguesa”.

Desde la otra vereda, políticos supuestamente liberales con vergüenza de serlo y confusión acerca de su significado más profundo se dejaron arrastrar cómodamente hacia los más rancios conservadurismos. Parece ignorado u olvidado en estas pampas que la tolerancia, la lucha contra la discriminación y la defensa de las minorías se edificaron  primero en las democracias liberales europeas que lograron establecer una firme diferencia entre cuestiones de Iglesia y cuestiones de ciudadanos frente al Estado.

Así las cosas, como en el cambalache de Discépolo, se terminó mezclando la Biblia y el calefón, Mussolini y Franco con Fidel, los demonios salidos de las cavernas medievales de la Fe con el circo gay. El resultado fue un atolondrado igualitarismo para una minoría, portado como estandarte vanguardista por sectores políticos que todavía le deben igualdad real y ejercicio de sus derechos humanos básicos (salud, justicia, educación y jubilación digna) a vastos sectores de la sociedad.

Muchos podrán decir, con verdad, que siempre es preferible sumar una libertad antes que conculcar un derecho. Pero la convivencia sólida para su ejercicio pleno requiere algo más que sujetos libres acumulando potestades. Hace falta una dosis proporcional de responsabilidad, tolerancia, gradualidad  e inteligencia para administrar las prioridades.

Los argentinos seguimos escapando hacia delante. Huimos todavía, cabalgando ya largos años, de la noche negra del autoritarismo y los odios que no dejamos atrás. Por eso los debates presentes están teñidos de pasado. Tal  vez por eso se sobreactúa la libertad con tanta algarabía y poco apego al equilibrio. Es la carencia y el cargo de conciencia por resolver.

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El Autor
Pablo Rossi

Nació en Córdoba el 03 de julio de 1971. Casado con tres hijos. Periodista de profesión, mejor lector, escritor de vocación y cocinero de oficio. Amante del fútbol y del buen vino. Desde la cuna con Instituto y riverplatense por elección.
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