¿Comunidad o zona franca?

 

En un pasado muy cercano  la consigna era “que se vayan todos”. Catártica e imposible la frase quedó como emblema del hastío social ante la falta de respuestas generales. Hoy resulta que en ese mismo escenario donde en 2001 los legisladores se camuflaban para salir y evitar insultos y cacerolas se les pide que “vuelvan todos  y trabajen”. Ayer no sabían cómo escapar sin ser vituperados. Hoy, después de haber recuperado la confianza manifiesta por  el voto popular, diputados y senadores juegan otra vez con la paciencia del electorado y estimulan el crónico veneno del escepticismo.

Los opositores oscilaron entre la soberbia y la puerilidad. Primero entraron a la cancha revanchistas, como dueños de la pelota y anticipando el festejo de un partido que todavía no habían comenzado a jugar. En las últimas horas denuncian cabizbajos y con fingida ingenuidad que el rival oficialista los neutraliza haciendo goles con la mano. ¿Advertirán que la gente que votó por ellos en 2009, consciente del método que repudiaba, no optó por las excusas sino por el remedio? Si la consecuencia de la elección fue una derrota de la manipulación y las candidaturas engañosas, el resultado no puede ser un Congreso paralizado y “testimonial”.

El costo pleno de las bancas vacías será pura ganancia de Kirchner. No porque su victoria pírrica le devuelva los votos que perdió sino porque se los quita al resto de sus adversarios y los coloca en el limbo de la desconfianza popular y la anti-política. Es el triunfo de la astucia del fullero sobre la indemostrable inteligencia del conjunto. Pero también revela el despojo de estrategias y recursos que padecen  aquellos que deben trabajar en la integración y el consenso. En ese punto es más escandalosa la desnudez de alternativas que la propia perseverancia autoritaria.

El obispo Jorge Casaretto describió algo similar cuando explicó el fracaso de un informe contra la pobreza que pretendía ubicarla en el plano de la emergencia nacional: “No se pudo acordar el documento por la alta fragmentación que hay en la Argentina”. Diplomáticamente se refirió a las vergonzantes internas entre industriales, banqueros y empresarios que reclaman soluciones de Estado a los políticos mientras ellos se esmerilan mutuamente en un océano de intrigas y conveniencias sectoriales.

Desde otra perspectiva, hubiera sido incongruente que algunos se rasgaran las vestiduras al lado de la Iglesia por los estragos de la inflación entre los pobres cuando vienen avalando con su mansedumbre y alguna que otra prebenda  las extorsiones de Guillermo Moreno y la mentira institucional del Indec. Esos empresarios distan mucho de aquellos que hicieron  posible los pactos de la Moncloa en España o los que contribuyeron unidos en lo esencial a la pujanza económica  de Brasil.

En lenguaje jurídico, Argentina perdió su “afecttio societatis”, entendido como el vínculo capaz de aunar individuos en una empresa social común con la disposición de afrontar desafíos compartidos. Desde la carencia, más que una  comunidad, el país parece una zona franca que convierte a cada habitante en un mercader de oportunismos.

(Columna publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba)

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La memoria patológica

 El pasado  inconcluso es la mejor excusa para caminar en círculos y vivir en un presente convenientemente imperfecto.  Argentina es un país que siempre está en  obras y en proyecto. No precisamente  porque construya sólidos cimientos sino porque permanece envuelto en el polvo de sus escombros y sus miserias, reparando, reincidiendo  o lucrando con lo que ayer mismo se hizo defectuosamente. Una torre de Babel interminable donde el diálogo es una herramienta imposible y el aprendizaje colectivo una quimera.

¿Cómo explicar el regreso de la inflación a tasas que compiten con las más altas del mundo y con ella el retorno de los viejos argumentos que la negaban o justificaban por inofensiva? “Es culpa de la carne”, dice el ministro de turno tapando el sol con la mano. “Es culpa de la verdurita” decía el viejo Alvaro Alsogaray en el siglo pasado cuando otros defendían la tesis por la cual “un poco” de la droga estaba bien. El resultado final en los años ochenta,  después de aumentar la dosis inflacionaria año tras año,  fue la perdición de un adicto compulsivo que terminó en la hiper-enfermedad.

A un año de la muerte de Raúl Alfonsín, los radicales quemados en aquel incendio de 1989 debieran haber repartido un manual de autoayuda para un gobierno peronista que los defenestra y que a la vez juega temerariamente con el mismo fuego.  Porque además, con la mira en 2011,  ni el parecido de su hijo Ricardo ni las ofrendas florales a su honestidad intelectual bastarán para demostrar al país que pueden volver al poder y devolverlo sin cataclismos.

¿Y el resto de los argentinos? Todos sabemos que nos mienten y una gran mayoría dice haber descubierto hace mucho el engaño sobre el costo de vida pero se hace difícil explicar al resto del mundo esa actitud  de mujer golpeada que sigue sometida a su verdugo. Mientras tanto, el tiempo acumula afrentas a la verdad, los números falsos contaminan las nociones de valor de la moneda, poder adquisitivo y calidad de vida. Es la consagración del doble estándar nacional que en otras materias y en otros tiempos sólo se quebraba  cuando ya es demasiado tarde para lágrimas.

En otro plano, ante el recuerdo de los 34 años del golpe militar de 1976 somos crónicos apelantes de la memoria, de la verdad y de la justicia y a la vez, artífices de un sistema que conspira contra los tres valores. Usamos la historia a conveniencia de parte, recordamos sin acumular ni capitalizar lo vivido y convertimos la aplicación de la ley en venganza, impunidad u oportunismo con ese pasado calculadamente irresuelto.

La resurrección  inflacionaria y sus debates perimidos  o el retorno de las trincheras irreconciliables donde el odio vuelve a encontrar su campo de cultivo no es el mejor telón de fondo para celebrar doscientos años de historia. En todo caso es la revelación cruda de un cuerpo social con digestión defectuosa de los errores y dueño de  una memoria selectiva patológica.

 

(Columna publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba)

 

 

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La violenta rentabilidad

 Año 2010. “Hasta la victoria siempre, queridos hijos”. Es lo que se leía en un gran cartel con letras negras que coronaba el escenario del festival musical alusivo al Día de la Memoria en Plaza de Mayo. Es la frase más famosa de Ernesto Che Guevara con la que finaliza una carta dirigida a Fidel Castro en 1965 y le comunica que parte a otros campos de batalla para ampliar la revolución guerrillera cubana. La misiva culminaba con un legendario “Patria o muerte”.

En tiempos posmodernos, la consigna luce inofensiva, simbólica o idílica en millones de remeras, posters y souvenirs con el rostro del argentino que dan la vuelta al mundo de la mano de la industria cultural de masas. Pero aquí, un 24 de marzo, recordando el golpe del 1976 y como escenografía del discurso bélico de Hebe de Bonafini y su corte de artistas e intelectuales políticamente correctos, suena a reivindicación conceptual de la lucha armada.

Vestida con poncho rojo y con el puño en alto crispado, la mujer de pañuelo blanco más temida y justificada por la izquierda jurásica nacional dijo estar dispuesta a “dar la vida” por el proyecto de Néstor y Cristina, que cual padrinos mágicos financian con dineros públicos su emporio personal de derechos humanos a la carta. La misma señora que obligó a corregir el prólogo del Nunca Más porque, según ella, demonizaba también a esa divina juventud. Textual: “Nuestros hijos no eran demonios, sino revolucionarios, guerrilleros maravillosos y los únicos que defendieron nuestra Patria”.

La Argentina de hoy no es el país maduro y ejemplar que está juzgando hasta el último de los represores de una dictadura sangrienta. Parece más bien un campo minado de venganza y amor por la violencia auspiciado y propagado desde el mismo Estado. Sin las balas ni las picanas del Proceso, el sectarismo democrático de hoy se disfraza de memoria y la revancha de justicia. Los derechos humanos universales han sido capturados por una minoría reaccionaria que avala la persecución y el denuesto de los que se animan a objetarla.

El relato oficial ya no sólo pretende indultar la violencia preexistente al Golpe sino revestirla de una épica reivindicativa. Mientras tanto, el gobierno que comanda el Estado no duda en utilizar sus servicios de inteligencia, sus esbirros rentados y los canales oficiales para atemorizar opositores, jueces díscolos y periodismo crítico. La dualidad amigo-enemigo, patria-anti patria campea resucitada por esa facción que fabrica su combustible eternizando lo peor del pasado  al servicio de la propaganda.

Beatriz Sarlo describió los discursos de aquel día como intentos de preservar y sumergir al país en un “fantasmático presente infinito”.  Las mismas voces que paralelamente se alejan de la defensa cotidiana de los demás derechos humanos vulnerados e ignorados por el menú setentista .  Por suerte, aunque lentamente, algunos progresistas más universales, amantes de una libertad sin vetos dogmáticos, van levantando sus voces para conjurar la trampa de la violencia discursiva que hecha sal en las heridas para justificarse.  

(Columna publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba)

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Esplendor de otra mediocracia

 Para José Ingenieros “en ciertos momentos la nación se aduerme dentro del país.  Los apetitos acosan a los ideales, tornándose dominadores y agresivos. Todos se apiñan en torno de los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro: nadie se sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en la vergüenza común”. Era su manera de describir las lacras morales que creía divisar allá por 1910, curiosamente en la Argentina del Centenario.

Imposible saber que diría aquel filósofo que despreciaba a viva voz a los traficantes del lucro y a la mediocridad del servilismo si se asomara por la vida pública nacional cien años después y tuviera que definir el vuelo corto y carroñero de la política como espejo del presente.

Un matrimonio que reina con gran astucia desde hace siete años con el pulso imbatible de una billetera todopoderosa. Una sociedad que saca boletos para la recuperación económica firmando cheques en blanco a un obsesivo compulsivo por el dinero como Néstor Kirchner. Esa misma sociedad que tardíamente descubre el exceso y busca remediarlo en las urnas votando opositores cuando ya se aguó la fiesta que disfrutaron pocos y la resaca se generaliza por la inflación.

En el Parlamento los debates se parecen a partidas de truco donde gana la picardía del osado o el que engaña mejor. El transfuguismo es un arte que va sumando cultores y multiplicando ganancias en bloques unipersonales. La virtud es anular al enemigo por el factor sorpresa, ridiculizarlo en la ingenuidad o comprar barata su conciencia.

 En El hombre mediocre, Ingenieros dice: “Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo representan. Todo se miente con la anuencia de todos; cada hombre pone precio a su complicidad, un precio razonable que oscila entre un empleo y una condecoración”. Leer estas páginas es pensar en los gobernadores de provincias y sus urgencias tan conmovedoras. Esas que avalan siempre cualquier capitulación frente a la billetera unitaria y prolongan la dádiva como instrumento de dominio.

Esta es una renovada mediocracia, señores. Definida hace cien años como el lugar donde ”jaurías de mediocres vinculados por comunes apetitos osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un ideal y reclutan una hueste de lacayos. Claman contra los abusos de poder, aspirando a cometerlos en beneficio propio”. Todo parecido con el presente no es mera coincidencia. Sólo falta agregarle nombres propios y lanzarlos especulativamente hacia  la próxima elección idealizando una salida invisible entre alternativas que se parecen demasiado.

 José Ingenieros sabía que muy pocos moralistas argentinos podían escribir tan categóricamente sin que les temblara el pulso. ¿Cuántos pueden levantarse hoy para rebatir aquella  crítica de época convertida en predicción?¿Cuántos somos los aludidos y quienes los dispuestos a transitar el camino inverso?  Dicen que prefería un solo convencido a cien admiradores literarios y que sería feliz si algún joven, por la lectura de sus páginas, se propusiera ser “el más virtuoso de sus contemporáneos”.

 

(Columna política publicada este domingo en el diario Día a Día de Cordoba)

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El vacío metodológico

 Contra Kirchner viven y sin él se pierden. La frágil unidad de los opositores  demostró existir únicamente  en las horas calientes en que las ofensas del matrimonio maquinadas por el ex presidente  les ardían en el rostro o en el orgullo político. Hasta hoy, sólo bajo el efecto de la humillación lograron cierta cohesión para quitarle mayorías en todas las comisiones del Congreso. Es la traducción clásica de la unión por el espanto que ya tiene cientos de capítulos fallidos en la historia nacional.

La semana fue un muestrario de desatinos y una carrera de ególatras que competían por llevarse como trofeo de caza la cabeza de Mercedes Marcó del Pont . Aceptaron escucharla ante las cámaras de TV, la dejaron ir sin ninguna pregunta y luego, recitaron monólogos de todo aquello que le reprochaban pero sin que la acusada pudiera responder. Más que parlamentarios honorables parecían vecinas acaloradas en una rueda de chimentos. 

¿No la interpelaron porque ni siquiera lo merecía o por temor a no poder rebatir sus argumentos? La duda quedó expuesta por la dimensión de la torpeza. Gerardo Morales y Adolfo Rodriguez Saá fueron los responsables tácticos del papelón y respondían a las dudas periodísticas sobre el futuro de la presidente del Banco Central como si jugaran con las  cartas marcadas. Tenemos los 37 votos, decían como si fueran los dueños exclusivos del patíbulo. La realidad demostró ser demasiado  compleja para operaciones tan binarias, esas que le reprochan justamente al oficialismo.

El viernes los radicales hicieron retiro espiritual en Córdoba para poner algunas barbas en remojo y  recitar consignas de unidad como mantras que les permitan disimular su carencia de liderazgos estratégicos. Elisa Carrió adivina las jugadas kirchneristas y juega de ultra para contener, según dice en privado, la candidez o las roscas habituales de los herederos de Alfonsín. Sólo que no puede con su genio y suele estallar desde la trinchera con dardos envenenados que luego dejan cicatrices en sus aliados de la Cámara Baja.

Mientras tanto, el peronismo federal es una tribu de caciques donde nadie quiere trabajar de indio. El primero que avisó con su gambeta fue Carlos Menem pero  después se anotaron Verna, Latorre, Bongiorno en la lista de los indóciles. Sea por convicción propia, por el rechazo a dejar llevarse de las narices o por negocios con el oficialismo, ese sector será un pantano movedizo donde pueden llegar a sucumbir muchos  incautos que se crean dueños de la manija parlamentaria opositora.

Es el desvelo de Kirchner para lograr sobrevivir y alimentar delirios de continuidad. Mantenerlos divididos, embarrados en su mismo lodo  y exhibirlos peleando con las mismas armas que le reprochan.  Con Reutemann “desentusiasmado”, Cobos maniatado en su doble juego, De Narváez pendiente de la Corte para entrar en carrera, Macri tironeado por la Capital  y Duhalde luchando con su imagen negativa.

El vaciamiento existencial de la oposición necesita un lenguaje nuevo, buenos gestores y mejores estrategas.  Necesitan comenzar a vivir sin Kirchner como excusa,  para poder sobrevivirlo.

 

(Columna de opinión publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba)

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La tentación carnívora

 Su atención por favor, señores opositores. No se pueden comer a los caníbales  y luego proclamarse vegetarianos sacrificados con hambre de justicia. Por si no queda claro, la metáfora indica que responder a la autocracia K con otras prepotencias similares terminará dando un resultado de suma cero. Una especie de perinola nacional repetida: ponen algunos y pierden todos.

Es cierto que acumular humillaciones políticas durante siete años activa el gen de la venganza en cualquiera con sangre caliente en las venas, pero eso no otorga derechos extraordinarios ni justifica pagar con el ojo por ojo, diente por diente. La nueva mayoría variopinta e inestable en el Congreso puede constituirse en un freno al desenfreno pero no en una nueva hegemonía. 

Esta fue la semana más larga y patriotera en lo que va de 2010 por su intensidad, su crispación y sus increíbles desatinos verbales. Una jefa de Estado que se burla del Congreso en su propia cara y disfruta del ardid de los decretos urgentes maquinados por su marido para esquivar cualquier freno  y ponerse por encima de la ley. Una oposición que retoma el control del Parlamento y busca eyectar de un puntapié y en una tarde a la titular del Banco Central. Y la frutilla del postre con la misma Presidente, abogada de profesión,  que en un discurso posterior  ventila intimidades de una jueza, denuncia actitudes golpistas y amenaza con desacatar los fallos adversos.

 En apenas siete días, el año del Bicentenario se convirtió en la escena  donde los políticos del siglo veintiuno recrearon fielmente los tiempos de la anarquía  del siglo diecinueve.  Curiosa o pertinente manera de celebrar doscientos años de un país en el que la organización nacional resultó muchas veces una maqueta de cartón pintado.

¿Qué seguirá a continuación si la cordura no retorna a la mesa de los argentinos? ¿Cristina Fernández por cadena nacional anunciando que la quieren derrocar como a Zelaya en Honduras si no puede usar las reservas para pagar la deuda? ¿Néstor Kirchner vociferando en Olivos que si no le obedecen como a Luis XIV se va con su mujer al Calafate y le tiran por la cabeza el gobierno a Cobos?¿ El kirchnerismo rentado en las calles defendiendo la revolución de los subsidiados? ¿La oposición pidiendo a Duhalde y a Carrió una tregua para formar un gobierno patriótico de falsedad nacional? Como se verá, lo desopilante, después de lo escuchado y visto en los últimos días, no puede ser tan fácilmente descartado.

Un camino para alcanzar el sosiego y tal vez el auto aprendizaje sería, como propone el filósofo Santiago Kovadloff, que la sociedad reflexione con sincera humildad sobre su propia mediocridad. La que condujo en plena democracia  y con votos legítimos a este campo de batalla, mentiras y agravios al por mayor que la envuelve en una atmósfera asfixiante. Y en esa vía de contrición sobresale especialmente una obligación de  los opositores que hoy alzan tenedor y cuchillo para engullirse al matrimonio beligerante de un bocado.

 

Columna publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba

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El genoma obtuso

Hay litros de tinta vertidos en papel para demostrar que uno de los males crónicos del país es el caudillismo. Sus derivados son: personalismos, centralismos, autoritarismos, fanatismos, maniqueísmos y  tantos  ”ismos” como el ego y la ambición de poder de sus protagonistas permitan. Es obvio que su reiteración a lo largo de nuestra  historia muestra al desnudo una sociedad proclive a engendrar y justificar estas deformaciones  hechas a su imagen y semejanza.

 La resurrección efímera de Carlos Menem, con su faltazo caprichoso al Senado el día en que la oposición se relamía confiada por la derrota kirchnerista, desnudó un momento patético de la política argentina. El ex presidente, acosado por unas cuantas causas judiciales y por el dolor de ya no ser, encontró su minuto para llamar la atención del país que lo “ningunea” aunque la acusación directa recaiga sobre antiguos compañeros leales que hoy le escapan como a la lepra.

La consecuencia fue un resquicio de oro que encontró el oficialismo para postergar su caída y burlar a una oposición que se miraba perpleja  y ruborizada por no haber previsto la picardía del caudillo despechado. Fue muy revelador que Alberto Kohan homologara a su ex jefe con Martín Palermo, porque “dicen que está acabado pero de vez en cuando hace buenos goles”. Es la entronización de la viveza y la chicana como el arte de la política criolla.

Menem lo hizo y Kirchner lo disfrutó. Si, el mismo que se tomó los genitales cuando el primero asumía en la Cámara Alta. Los dos ex presidentes unidos por el cordón del ego deformado que no acepta el ostracismo ni la declinación. Al cuadro lo completó Eduardo Duhalde, miembro de la estirpe que sueña con volver a ser el que era, quien desde la periferia acusó de ingenuidad a la oposición y de falta de vocación de poder a ciertos sectores del radicalismo. El patrón de Lomas de Zamora navega entre un discurso ecuménico que comparte con Rodolfo Terragno y su promesa bélica de borrar a Kirchner del territorio bonaerense y hundirlo en las internas del PJ.

Son imágenes fuertes que indican un punto de inflexión o de desgaste de las viejas artimañas que luchan por mantenerse vigentes. La duda se presenta en los métodos de reemplazo que utilizarán aquellos que dicen estar asqueados de un gobierno extorsivo que potenció la discordia y le sacó rentabilidad a la división del país. Es una pregunta  que campea  los pasillos del Congreso donde por estos días se estrenan acuerdos frágiles entre adversarios crónicos.

¿Quién asegura que  Julio Cobos, Carlos Reutemann, Elisa Carrió, Mauricio Macri o Francisco De Narváez no estén impregnados del personalismo y el egocentrismo que corroe la vida institucional de la Argentina? Algunos por exceso de locuacidad y otros por carencia de palabras prolongan con sus actitudes la desconfianza  y la sospecha. Por ahora nadie asegura con pruebas concluyentes haber superado la trampa del  genoma obtuso que nos condena siempre  al carácter enfermizo de los caudillos.

 

(Columna publicada el domingo en el diario Día a Día de Córdoba)

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Un final jurásico

La naturaleza es sabia. Cuando un animal se encuentra herido y se ve amenazado, tiende a ocultar su debilidad lanzando un ataque al posible agresor. Sobreactúa una fortaleza que no tiene como intento desesperado de supervivencia. La política concebida en términos salvajes o el poder vivido irracionalmente se revelan con similares instintos.

¿Qué otra cosa es sino una debilidad expuesta, el rosario de discursos agresivos que se suceden día tras día en boca de la Presidente. Su contenido explícito es de ataque a la prensa “inmoral”, a los opositores inútiles, a los intereses confabulados contra su modelo, a los que inventan la inflación que no existe, a los que no reconocen sus méritos ni los de su marido, en definitiva, a los que no habitan y niegan ese maravilloso país que ellos han construido con justicia social y fútbol para todos.

Esos ataques defensivos, aunque dañan su imagen y devalúan por cansancio sus palabras,  tienen razones claras fundadas en hechos concretos. El Congreso dejó de ser aquella escribanía gris que posibilitaba una mayoría propia holgada. La chance de  poner límites a los DNU (decretos de necesidad y urgencia), que se intervenga políticamente el INDEC desde el Parlamento o que fracase la apropiación del Fondo del Bicentenario, han puesto al kirchnerismo a parir.

Lo que debería ser saludable para cualquier república, esto es, el equilibrio de los poderes o el freno a uno de ellos cuando se exhibe autoritario, para el matrimonio se transforma en una conspiración golpista que hay que combatir. El problema está en esa concepción totalitaria que no concibe el manejo del poder sino es absoluto y que reduce la convivencia con los demás a la categoría de servidores o enemigos.

Es un verdadero reflejo condicionado el que los conduce al enfrentamiento permanente o a transformar la acción política en una caja de Pandora. No son pocos los que rodean al gobierno y están esperando un “pase mágico” de Néstor para recuperar las riendas desgastadas de su mujer. Desde la anulación de internas abiertas en el PJ hasta el adelantamiento de las elecciones,  pasando por toda clase de trucos administrativos que le permitan “hacer caja” mediante el factor sorpresa.

El problema, para los pocos que idolatran la astucia de Néstor es la propia realidad: dibujada por la sombra creciente de una inflación que ya no cabe debajo de la alfombra de Moreno y de un mundo que nos cree poco y nos presta nada. De allí que la desesperación por hacerse de las reservas del Central  depare  varios capítulos por venir orientados a empresarios y gobernadores necesitados de financiamiento.

La naturaleza es sabia y también despiadada. Los débiles no prosperan aunque sobreactúen una fortaleza que ya perdieron. Por eso el hombre evolucionó hacia las reglas de convivencia y negociación como soportes culturales de la vida en común. Sería sano salir de la prehistoria y aprender que la supervivencia política y el ejercicio del poder ya no dependen ni de la magia primitiva ni del temor al garrote.

 

 

 (Columna publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba)

 

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Amores ajenos y cólera propia

El estrés o el rencor le dejaron a Néstor Kirchner una herida visible en su garganta después de la operación exitosa de la carótida. Las causas pueden ser otras o la suma de ellas pero para cualquier mortal es un aviso de que la omnipotencia artificial que da el poder, el dinero, la fama o la política es finita e  inexorablemente peligrosa.

La marca de varios centímetros que exhibió sin apósito el ex presidente al salir del sanatorio es toda una metáfora de su manera de andar por la vida y de la impronta que impuso a la convivencia colectiva argentina desde que jugueteó por primera vez con el bastón de mando que le entregó Duhalde en 2003: heridas al aire (abiertas o reabiertas), rasgos de furia y de rebeldía, crispación y transgresión de un país al desnudo.

No es casualidad que la semana termine con mandobles verbales de golpismo entre el gobierno y los radicales por el repetido bailoteo de Julio Cobos entre su función institucional como vicepresidente y sus sueños de candidato salvador de la UCR. La muletilla del “golpe” usada con desparpajo para saldar cualquier controversia política es un signo crónico de las antinomias vivas y de la memoria manoseada con infantiles  arrebatos.

Demasiado caros fueron los golpes (de Estado, de mercado, a los ahorros, a la ilusión) como para seguir recreando en palabras su mera posibilidad. Es una confesión impotente de la discordia crónica, de aquello que no se pudo desterrar  ni madurar, más allá de intentos provisorios,  en los doscientos años de historia que se publicitan hoy como festejo.

Tampoco es azaroso que por estas horas, del otro lado del charco, un presidente uruguayo que purgó 13 años de cárcel por intentar cubanizar su país combatiendo con armas al capital se haya esforzado en seducirlo desde Punta del Este para que los empresarios inviertan y contribuyan a reproducir la riqueza. Todo esto mientras en la primera fila del Hotel Conrad se agrupaban los más férreos opositores para otorgar imagen de unidad a la pretensión de José Mujica.

Menos casual debe ser que en Chile, el multimillonario de derecha elegido como Presidente, Sebastián Piñera, se disponga a gobernar un país ordenado con instituciones sólidas por obra de una concertación que batió un record insuperable en Latinoamérica: convivir, progresar y alternar el poder entre socialistas y demócratas cristianos durante veinte años continuos.

En Uruguay o en Chile no hay romance entre adversarios políticos y sus peleas por las ideas suenan tan duras como las propias. Sólo que han adquirido pacientemente la sabiduría de la conveniencia general, el valor de la estabilidad del sistema por encima de los egos y el efecto curativo de la memoria cuando se recuesta sobre el aprendizaje de la experiencia.

Mientras los vecinos ensayan sonrisas de concordia y sacan patente de confiables en un mundo que compite por seducir, la Argentina política hace ostentación, como Kirchner, de sus cicatrices al aire.

 

(Columna publicada este domingo en el Diario Día a Día de Córdoba)

 

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Penas millonarias

 “El drama de Kirchner es vivir en blanco, admito que es un problema “, dijo Cristina para justificar la operación de 2 millones de dólares con la que habría adquirido un hotel de lujo en el Calafate en octubre de 2008. El único rubor que se vio en sus mejillas fue el artificial que le aporta el obsesivo maquillaje. Pobre Néstor – pensaban los acólitos y aplaudidores del Salón Blanco- quien lo manda a ser tan claro y transparente en una sociedad que según su mujer, la Presidente, está tan acostumbrada al negro y a la trampa.

Paradójico. La infortunada pareja se siente víctima de la incomprensión pública hacia su fortuna. Ellos, que van a cumplir siete años de poder sucesorio al mando del país, se sienten perseguidos injustamente por periodistas y opositores que hurgan con deleite malsano en el patrimonio familiar. Debieran entender que desde que eran jóvenes y audaces fijaron una meta común: acumular mucha plata para poder hacer política. La billetera llena primero y las ideologías para llenar después.      

Quizá uno de los pocos que entendió este lema íntimo de la pareja fue el juez Norberto Oyarbide, ayudado por los contadores que dibujaron pacientemente el blanqueo de un crecimiento del 158 por ciento en un año como si se tratara de una re categorización del monotributo, el magistrado le concedió en tiempo récord su certificado de legalidad y honestidad en la acumulación.

Pero si algo necesitaba este drama es un par de guionistas  propios, soldados de la causa que ayuden a comprender mejor el  sentido profundo del enriquecimiento. Luis D Elía, infaltable lancero del noble hidalgo de Santa Cruz, recordó que en realidad la base de la fortuna, en este caso no fue el trabajo,  sino el abuelo usurero de Néstor a quien habría que adjudicarle los defectos genéticos y la razón de la herencia. En cambio la diputada Diana Conti , después de definirse como estalinista pura, eligió un argumento de supervivencia revolucionaria: “Hay que tener un patrimonio muy grande, una vida hecha y saldada para que tus hijos no te reprochen nada  al pelearte con el  establishment”.

De seguir el razonamiento bolchevique de Conti, se entiende que los Kirchner, antes que pensar en una sólida jubilación, se abalanzaron sobre los dólares de sus últimos millones como una gesta para costear las declaradas guerras contra el campo, contra los medios de comunicación, contra los buitres especuladores y en especial contra el monopolio Clarín, a quien Cristina acusó de censurarla.

A esta altura del absurdo desplegado en público y sin otro rubor que el de las maquilladoras en televisión  ¿no siente un ultraje a la mínima inteligencia, un arrebato impune al sentido común? ¿Será el paso evolutivo argentino de la desfachatez en la función pública que va desde las pieles de María Julia, la pista de Anillaco, la valijas de Amira, hasta las mil y una historias del mercader del Calafate y sus cuarenta testaferros? Finalmente, ¿asumiremos alguna vez la  co-autoría de la obra?

 

(Columna publicada el domingo 7 en el diario Día a Día de Córdoba)

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El Autor
Pablo Rossi

Nació en Córdoba el 03 de julio de 1971. Tiene 38 años, casado con tres hijos. Periodista de profesión, escritor de vocación y cocinero de oficio. Trabajó desde 1993 en gráfica, radio y televisión.
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