Patrioterismo verbal

 Las palabras parecen esclavas del pensamiento, utilitarias a su servicio,  pero a  veces se levantan autónomas, poderosas y redentoras. De la incontinencia verbal de algunos modestos representantes de la comedia pública local, la palabra “bicentenario” escapó al marketing molesto y la repetición liviana en que había caído y estalló ante la vista de todos con su verdadero y profundo significado. Doscientos años cumple cualquier país relativamente normal, pero pocos llegan desnudos, divididos, opacos y mezquinos con su propia historia y su presente como la Argentina.

Bi significa dos y esa raíz elemental es la que dibuja mejor que cualquier efeméride el contorno de una sociedad “binaria”, reducida públicamente a las antinomias amigo-enemigo, patria-anti patria, pueblo-oligarcas o demócratas-destituyentes. Una sociedad “bicéfala” y “bifronte”, donde no gobierna uno sino dos, un matrimonio presidencial  que no es lo mismo que una monarquía hereditaria pero que destila su apariencia. Una sociedad  “bipolar”, que va del éxtasis a la depresión con regularidad e insistencia, que avanza por la vida cívica repitiendo errores ya cometidos sin anclaje en la experiencia y que busca salvadores en lugar de administradores, que vota propietarios y no inquilinos.

El lenguaje de la conciencia es más fuerte que la pompa. Al 25 de mayo de 2010 se llega con la cáscara imponente de los desfiles de ocasión y los  mega-eventos  espectaculares revestidos de celeste y blanco, pero ninguno disfrazará la realidad que destila una clase política empequeñecida hasta la insignificancia, reducida a la anécdota, incapaz de interpretar su rol de ejemplaridad ante el resto de los ciudadanos y a la vez su papel coyuntural, anecdótico y fugaz en el manejo del destino colectivo.

No es casual que a pocas horas de enfrentarse con la historia, con el tamaño de los héroes y los próceres, haya estallado una pelea de conventillo entre la jefa del Estado y el jefe de la ciudad de Buenos Aires por los mohines y los humores que los diferencian a la hora de sentarse en un mismo palco. No es casual que la sátira se dé en la previa de la re inauguración del principal teatro nacional. Porque cabe perfectamente en aquella frase de Carlos Marx: “la historia se repite una vez como tragedia y luego como farsa”. Los feroces combates de unitarios y federales, del puerto con el resto del país hoy se reducen a la mansedumbre de gobernadores domesticados en su propia medianía y al intercambio epistolar de novela de la tarde entre Cristina Fernández y Mauricio Macri por la velada del Colón.

De nada sirven los símbolos patrios multiplicados sin sustancia, la bandera desplegada sin ánimo común y la evocación de los constructores de la Nación sin la mínima voluntad de conjunto para convivir y crecer en las diferencias del presente. Será por eso que el lenguaje purifica y el inconsciente  surge revelador en medio de la propaganda vacía. El bicentenario argentino  evoca mucho más la división que impone su raíz gramatical que la ilusoria unidad que ponderan los discursos.

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¿Vuelve Néstor emperador?

 La piel argentina es tan sensible a la orfandad que no soporta quedarse a la intemperie de caudillos. Un mandamás a tiro de urna es tan necesario como el oxígeno que respira una sociedad que le teme mucho más al vacío de poder que a sus excesos. El modelo que mejor calza a la ansiedad crónica de un país inestable es el presidencialismo explícito, una práctica social que rechaza instintivamente los conglomerados políticos tipo Alianza versión 1999.

De la mano de esa razón populista profunda es que Kirchner goza de una salud no diagnosticada  en las cifras de imagen negativa que lo condenan hoy a ser una de las figuras más reprobadas entre los candidatos a 2011 con un 57 por ciento de supuesto rechazo. El pingüino emperador no cree en esos maleficios y trabaja incansablemente para reconstruir  un número  que le permita soñar con ser escogido en primera vuelta como el malo conocido ante un lote de demasiados  buenos por conocer.

Es curioso pero todos afirman que es temprano para  hablar de candidaturas mientras fatigan kilómetros exhibiéndose para levantar puntos en las encuestas. Los Salieris de Perón son los mejores entrenados para comenzar a correr este maratón de largo alcance y ya se exhiben en la vidriera para mostrase apetecibles. Kirchner en Córdoba y Río Gallegos. Das Neves acumula millas de micro actos artesanales, Duhalde avanza sigilosamente como ajedrecista, De Narváez corre la doble provincial y nacional hasta que la justicia le autorice pista y Macri se sumó al lote envalentonado por las encuestas pero Oyarbide lo metió previsiblemente en boxes acusándolo de asociación ilícita.

El jefe de Gobierno porteño es el caso más delicado de las últimas horas porque su futuro  es intrigante: puede convertirse en  otra estrella fugaz caída del firmamento liberal  por la torpe  intriga de los espías propios o en una víctima de la conjura oficialista que lo catapulte a un liderazgo espasmódico al estilo Cobos durante la batalla del campo. En el PRO buscan desesperadamente replicar esta segunda imagen  que tanto rédito le dio al Vicepresidente, aunque ya se sabe que las copias y las segundas partes no siempre resultan buenas.

Parece banal y poco edificante pero la novela de la revancha política prometida desde el Congreso viene perdiendo rating. Aunque la oposición se esfuerce hasta lo indecible para mostrar sus avances, el oficialismo juega con la ventaja de los reflejos, la uniformidad en bloque y la caja. Por ahora neutraliza el juego o convierte inminentes derrotas, como la coparticipación del impuesto al cheque, en victorias como el perdón y postergación de la deuda a los gobernadores enfermos  de déficit. Con ese panorama es natural que el auditorio prefiera seguir el reality de los presidenciables prematuros antes que las batallas técnicas y aletargadas del Parlamento.

Es el mejor escenario para un mandamás millonario que justifica cualquier medio para conquistar el fin. Si la economía no sucumbe a la inflación o al proteccionismo de Moreno, en el Calafate hay un hombre que modela su retorno como rey.

(Columna publicada en el diario Día a Día de Córdoba)

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Comisionistas de la corona

Si el río suena, algo trae. Vieja frase de sabiduría popular que daba crédito a los indicios hasta que apareciera la prueba. En este caso, se trata de un caudaloso rumor que comenzó a circular desde las alturas del Ministerio de Planificación cuando promediaba el gobierno de Néstor Kirchner. La primera que se atrevió a plantearlo casi en soledad fue Elisa Carrió, denunciando que Julio De Vido era el cajero de Néstor Kirchner desde 2003 y el responsable de una verdadera estructura de recaudación para la corona.

La líder de la Coalición Cívica fue querellada por el ministro con el objetivo de enviarla a la cárcel y finalmente el propio Kirchner le ordenó a su incondicional que desistiera de la demanda en plena campaña electoral. El jueves 9 de agosto de 2007 Carrió se mantuvo en sus dichos y aseguró que “lo que se paga por la compra de petróleo a Venezuela  va a un fideicomiso para hacer negocios de alimentación”, a través del cual “hay retiros de dinero, seguramente con interés y en forma irregular, algo que fue denunciado por el embajador Sadous. Hay tantas bolsas de dinero volando, que ni el gobierno más corrupto puede dejar de separar a un funcionario”.

Era el tiempo en que acababa de salir eyectada de su cargo la ministra de Economía Felisa Miceli por el escándalo de la bolsa de dinero que se le encontró en el baño del ministerio y las explicaciones vidriosas que elaboró para justificarse. Pero la historia muestra que las denuncias no hicieron mella en la credibilidad del Gobierno y el 28 de octubre de ese mismo año un 45,25 % de los argentinos le dio el triunfo en primera vuelta a Cristina Fernández de Kirchner. Carrió había dicho durante la campaña cuando le preguntaban sobre su persistencia denunciadora: “cuando las sociedades no quieren saber matan al mensajero porque no quieren escuchar el  mensaje”.

Mucha agua, petróleo, maquinaria agrícola y valijas pasaron bajo el puente argentino-venezolano desde aquellos tiempos. Hasta Néstor Kirchner dejó el gobierno (aunque no el poder, claro) mientras Julio De Vido permanece firme en su lugar estratégico. Dos hombres de su entorno se fueron envueltos en una nube de sospechas y denuncias de corrupción: Claudio Uberti y Ricardo Jaime, pero el súper ministro parece, por ahora, blindado a las pruebas. Tanto que esta semana declaró que se siente “orgulloso” de haber incrementado en 20 veces los negocios con Chavez ante la ola de confesiones tardías de algunos empresarios que en off desnudan sus pagos de peaje.

A la corrupción, cuando es aislada, se la puede contener si hay un sistema de valores y de castigos que funciona. Pero cuando el cohecho se transforma en sistema se expande por el cuerpo de una sociedad como una metástasis. Pronto descubriremos que a la coima, tal vez, la hayamos domesticado tanto que hoy aparezca legalizada bajo el inofensivo título de “comisión”. Y que los presuntos coimeros son comisionistas de primer orden avalados por una corte empresarial sin rubor y a veces, sin escrúpulos.

(Columna publicada en el diario Día a Día de Córdoba)

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La tierra de nunca jamás

Si la realidad fuera cuento podría decirse que Cristina quiere ser y a veces actúa como Alicia en un país de maravillas. Sólo que en lugar de interpretar a  la protagonista soñadora, ella, su marido y sus esbirros se comportan como el rey y la reina de corazones que en el relato viven exclamando que le corten la cabeza a todo el mundo que no piensa como ellos. Ojalá sus arrebatos fueran tan inofensivos como el  de un mazo de barajas animado y la pesadilla acabara con sólo despertar. Pero los sueños… sueños son.

El viernes desde Córdoba la Presidente exclamó  que “las cosas están yendo bien en esta Argentina de paz y mucho trabajo que queremos”. También pidió “mucha apertura para dejar de lado las diferencias y las peleas políticas o vanidades personales que no permiten ver las necesidades que tenemos para aprovechar otra oportunidad histórica”. Hubiera sido revelador pero impertinente que algún asistente al acto, entre los que estaban los gobernadores Hermes Binner o Juan Schiaretti , hubiera exclamado: ¡un psicólogo por ahí!

Porque si algo falta en el país de los Kirchner es paz. Si en algo se ha empeñado el matrimonio es en crear enemigos donde no los había, armar batallas contra presuntos  verdugos conspiradores en cada rincón, actuar con soberbia y petulancia ante argumentos contrarios y gozar de una mirada sesgada donde sólo ingresan como súbditos aquellos que se abrazan a su causa con la fe ciega de los fundamentalistas. Los Kirchner se empeñan cada vez más en vivir en el país que devuelve  un espejo dominado y complaciente.

Mientras Cristina Fernández ponderaba en la localidad de Porteña su propia política de subsidios para el sector lácteo, en el último mes cerraron cerca de 200 tambos de la cuenca cordobesa- santafesina. La paradoja es que el Gobierno argumenta  que  se produce la misma cantidad de leche y alienta de esa manera la concentración pasmosa de la producción en grandes  manos y la desaparición de los pequeños que no pueden subsistir. Desde que Argentina decidió ensañarse con el campo en 2008, Brasil multiplicó sus tambos hasta llegar a casi  2 millones. Mientras aquí desaparecieron 160 mil establecimientos agrarios, el gobierno de Lula exhibe el nacimiento de 400 mil nuevos chacareros.

El bicentenario que recuerda el proceso de independencia de la corona española encuentra al país aislado financieramente, mintiendo su índice de inflación y colonizado económicamente por doscientas empresas brasileñas que ya dan trabajo a 200 mil empleados argentinos. La bonanza productiva automotriz se debe fundamentalmente a que más de la mitad de vehículos producidos localmente  tiene como destino un dueño que habla portugués.

Pero la virtud más relevante del matrimonio ha sido su guerra contra los mensajeros que denuncian la falacia progresista.  El estalinismo militante de la prensa oficial, regada con millones que paga el Estado a sus propagandistas, logra inocular en buena parte del país el veneno de la división y la antinomia. Es la tierra de las supuestas maravillas que detesta despertar por miedo a reconocer  el hechizo.

(Columna publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba)

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“Somos como estudiantes crónicos que se empeñan en repetir errores”

Salón colmado con cerca de 700 personas el jueves por la noche en la

Sociedad Rural de San Francisco

FOTO. “El pasado retorna cuando se quiere reinventar la historia todo el tiempo y en cada período barriendo la basura  debajo de la alfombra”, afirmó Pablo Rossi 
 
 
El  jueves, a las 20.30, el  periodista Pablo Rossi disertó en la Sociedad Rural de nuestra ciudad,en el marco de los 90 años de dicha entidad, invitado por LA VOZ DE SAN JUSTO, AM 1050 Radio San Francisco, Cadena 3 San Francisco y 88.7 FM Galaxia. Antes de su exposición, dialogó con este diario.

-La consigna de su charla es “Bicentenario: Aprender o reincidir”. Los argentinos, ¿aprendimos más de lo que reincidimos en estos 200 años?

 
Sólo basta echar una mirada por los diarios y observar los debates recurrentes, las antinomias que algunos quieren de regreso, la impugnación violenta al que piensa diferente y las tendencias autoritarias del poder para entender que somos como estudiantes crónicos que se empeñan en repetir errores. Pero si además recortamos el presente institucional como una foto y la colocamos en los decenios posteriores a 1810, volveremos a ver caudillos provinciales peleando contra el unitarismo del puerto para ver quién se queda con la mayor tajada de la renta. Claro que antes los caudillos o los feroces centralistas, enfrentados en batallas verdaderas, llegaban a ser personajes históricos con rasgos bien marcados y hasta cierto heroico romanticismo. Al lado de aquellos los de hoy parecen grises actores de reparto maquillados de mansedumbre y en algunos casos de indignidad. Pero en todo caso, más allá de las comparaciones incómodas, el hecho es que nuestro  país no ha llegado a perfeccionar con justicia la pauta administrativa básica del federalismo que expresa la Constitución.
 
-El regreso de la inflación pareciera ser una muestra de reincidencia. ¿Los argumentos de hoy son los mismos que los de ayer?

 

Pocos países del mundo han padecido crónicamente la inflación como la Argentina y sin embargo, en lugar de ser maestros de autoayuda para que otros no caigan en la tentación, somos ratones de laboratorio de nosotros mismos. Hace 50 años (Albaro) Alsogaray decía que la culpa de la inflación era de “verdurita” porque aumentaba como hoy la carne para (Amado) Boudou. En los 70’ llegaron a inventar un índice “descarnado” (sin la carne), como si separando la manzana podrida se arreglaran los otros precios. Bueno, el final de la bola de nieve fue la hiper del gobierno de (Raúl) Alfonsín. Hoy se vuelve a discutir si “un poco” de inflación está bien, o cuántos productos hacen falta remarcar para considerarnos dentro de un proceso inflacionario, o que la culpa es de los empresarios y comerciantes que remarcan, o que es una consecuencia lógica del crecimiento económico…En fin, todas estas discusiones idénticas y respuestas con cicatrices profundas ya la tuvieron nuestros padres y nuestros abuelos mientras el país avanzaba como el Titanic hacía el témpano.
 
- ¿Los gobiernos utilizaron la historia a conveniencia y como un aprendizaje?
La historia siempre ha sido un objeto maleable y de uso práctico para el poder; aquí, en Estado Unidos o en China. Ya lo dice la canción: “Si a la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia…”. El problema es creer que los gobiernos sucesivos han sido tan inteligentes como para manipular la historia como titiriteros con marionetas. Creo mucho más en  responsabilidades individuales y colectivas más complejas. Los gobiernos civiles y  militares hicieron del siglo veinte un espacio de inestabilidad perpetua porque la sociedad en cada tiempo lo permitió o lo reclamó a gritos y a golpes de cuartel. Después se actuaba como en esas tribus primitivas donde se quemaban en la hoguera al hechicero de turno para salvar los pecados del conjunto. Lo que se tradujo luego en la teoría del chivo emisario o expiatorio. Lo imperdonable de esa inconstancia crónica y ese lavado de manos a lo Poncio Pilatos de varias generaciones es la degradación educativa sistemática y progresiva que se instaló con indolencia. Como nos contaba recientemente a un grupo de periodistas el titular de la Academia de Letras de Argentina, hoy  los estudiantes secundarios en una mayoría pasmosa egresan de la escuela con el título de “castrado expresivo”. La reducción del lenguaje es la forma de reducir la producción de pensamiento y si no producimos pensamiento crítico estamos condenados a la repetición de nuestras taras más evidentes.

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¿Las guerrillas de Néstor?

 Un famoso locutor fue perseguido y hostigado por varias cuadras con insultos y amenazas al borde de la violencia física. Otra docena de periodistas del grupo Clarín aparecían escrachados con nombre y apellido en carteles anónimos  que vinculaban su ejercicio profesional con la  apropiación de hijos durante la dictadura. Hordas minoritarias y ruidosas visitan la puerta de algunos medios o domicilios particulares de columnistas políticos para amedrentar y neutralizar sus críticas contra el Gobierno. Kirchner lo hizo: logró constituir brigadas fascistas impugnatorias que patrullan las calles como policía del pensamiento en defensa de la causa.

Todo comenzó  en aquellos días poderosos del atril del salón blanco cuando Néstor apuntaba alegremente con el dedo acusador a sus detractores ante un puñado de fanáticos aplaudidores. Podían ser  ministros, gobernadores empresarios o ciudadanos puestos como escenografía risible ante cada picardía del jefe. Con todo el peso del Estado a su servicio, espiando la vida privada de los otros, el ex presidente arremetía rabioso contra los que osaban oponerse a su “modelo”, con el argumento falaz de ser un simple ciudadano con libre derecho de expresión.

Después le siguió la batalla contra el campo, Luis D elía cacheteando a manifestantes frente al obelisco, Guillermo Moreno copando Plaza de Mayo con patovicas a su servicio para acallar las cacerolas de Barrio Norte, los huevazos chacareros a los diputados oficialistas en Santa Fe y finalmente la guerra sin cuartel contra Clarín, donde el fin justifica cualquier medio para obtener la victoria. Al Gobierno le gusta presentar este desvarío callejero como la natural evolución del “conflicto de intereses” y el peor resultado es que importantes minorías hicieron propia la falacia.

Mientras el Parlamento sirve como entretenimiento previo al Mundial de Fútbol porque los legisladores disputan votaciones como goles en un potrero, la intolerancia gana batallas mayores que abren viejas cicatrices. Los políticos juegan como niños indolentes a neutralizarse mutuamente sin reparar que afuera se expande el sectarismo que destilan sus conductas. El canje de la deuda, el uso de reservas, el impuesto al cheque, o el Indec, se usan de excusa provisoria para destilar egos infantiles e inconducentes.

En Venezuela, el adelantado Hugo Chávez que se dispone a resistir en las urnas de setiembre, ya bautizó a sus propias hordas financiadas por el Estado como “guerrilla comunicacional”. Se trata de fanáticos entrenados para acechar a medios de comunicación y a periodistas que se opongan a la revolución bolivariana. La presentación se hizo en simultáneo con las “milicias  populares”, compuestas por 30 mil personas entre los que se podían observar  ancianos, amas de casa y jóvenes vestidos con uniforme y armados con fusiles provistos por el propio gobierno.

Es difícil recrear exactamente ese grotesco en la Argentina, pero no imposible. El concepto bélico de la política que impuso Néstor Kirchner es una enfermiza imitación a escala de las tropelías chavistas. Aunque parecía producto de la exageración de mentes afiebradas, el montonerismo conceptual del matrimonio gobernante deberá ser abordado con mayor responsabilidad política y alerta ciudadana.   

(Columna publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba)

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¿Comunidad o zona franca?

 

En un pasado muy cercano  la consigna era “que se vayan todos”. Catártica e imposible la frase quedó como emblema del hastío social ante la falta de respuestas generales. Hoy resulta que en ese mismo escenario donde en 2001 los legisladores se camuflaban para salir y evitar insultos y cacerolas se les pide que “vuelvan todos  y trabajen”. Ayer no sabían cómo escapar sin ser vituperados. Hoy, después de haber recuperado la confianza manifiesta por  el voto popular, diputados y senadores juegan otra vez con la paciencia del electorado y estimulan el crónico veneno del escepticismo.

Los opositores oscilaron entre la soberbia y la puerilidad. Primero entraron a la cancha revanchistas, como dueños de la pelota y anticipando el festejo de un partido que todavía no habían comenzado a jugar. En las últimas horas denuncian cabizbajos y con fingida ingenuidad que el rival oficialista los neutraliza haciendo goles con la mano. ¿Advertirán que la gente que votó por ellos en 2009, consciente del método que repudiaba, no optó por las excusas sino por el remedio? Si la consecuencia de la elección fue una derrota de la manipulación y las candidaturas engañosas, el resultado no puede ser un Congreso paralizado y “testimonial”.

El costo pleno de las bancas vacías será pura ganancia de Kirchner. No porque su victoria pírrica le devuelva los votos que perdió sino porque se los quita al resto de sus adversarios y los coloca en el limbo de la desconfianza popular y la anti-política. Es el triunfo de la astucia del fullero sobre la indemostrable inteligencia del conjunto. Pero también revela el despojo de estrategias y recursos que padecen  aquellos que deben trabajar en la integración y el consenso. En ese punto es más escandalosa la desnudez de alternativas que la propia perseverancia autoritaria.

El obispo Jorge Casaretto describió algo similar cuando explicó el fracaso de un informe contra la pobreza que pretendía ubicarla en el plano de la emergencia nacional: “No se pudo acordar el documento por la alta fragmentación que hay en la Argentina”. Diplomáticamente se refirió a las vergonzantes internas entre industriales, banqueros y empresarios que reclaman soluciones de Estado a los políticos mientras ellos se esmerilan mutuamente en un océano de intrigas y conveniencias sectoriales.

Desde otra perspectiva, hubiera sido incongruente que algunos se rasgaran las vestiduras al lado de la Iglesia por los estragos de la inflación entre los pobres cuando vienen avalando con su mansedumbre y alguna que otra prebenda  las extorsiones de Guillermo Moreno y la mentira institucional del Indec. Esos empresarios distan mucho de aquellos que hicieron  posible los pactos de la Moncloa en España o los que contribuyeron unidos en lo esencial a la pujanza económica  de Brasil.

En lenguaje jurídico, Argentina perdió su “afecttio societatis”, entendido como el vínculo capaz de aunar individuos en una empresa social común con la disposición de afrontar desafíos compartidos. Desde la carencia, más que una  comunidad, el país parece una zona franca que convierte a cada habitante en un mercader de oportunismos.

(Columna publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba)

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La memoria patológica

 El pasado  inconcluso es la mejor excusa para caminar en círculos y vivir en un presente convenientemente imperfecto.  Argentina es un país que siempre está en  obras y en proyecto. No precisamente  porque construya sólidos cimientos sino porque permanece envuelto en el polvo de sus escombros y sus miserias, reparando, reincidiendo  o lucrando con lo que ayer mismo se hizo defectuosamente. Una torre de Babel interminable donde el diálogo es una herramienta imposible y el aprendizaje colectivo una quimera.

¿Cómo explicar el regreso de la inflación a tasas que compiten con las más altas del mundo y con ella el retorno de los viejos argumentos que la negaban o justificaban por inofensiva? “Es culpa de la carne”, dice el ministro de turno tapando el sol con la mano. “Es culpa de la verdurita” decía el viejo Alvaro Alsogaray en el siglo pasado cuando otros defendían la tesis por la cual “un poco” de la droga estaba bien. El resultado final en los años ochenta,  después de aumentar la dosis inflacionaria año tras año,  fue la perdición de un adicto compulsivo que terminó en la hiper-enfermedad.

A un año de la muerte de Raúl Alfonsín, los radicales quemados en aquel incendio de 1989 debieran haber repartido un manual de autoayuda para un gobierno peronista que los defenestra y que a la vez juega temerariamente con el mismo fuego.  Porque además, con la mira en 2011,  ni el parecido de su hijo Ricardo ni las ofrendas florales a su honestidad intelectual bastarán para demostrar al país que pueden volver al poder y devolverlo sin cataclismos.

¿Y el resto de los argentinos? Todos sabemos que nos mienten y una gran mayoría dice haber descubierto hace mucho el engaño sobre el costo de vida pero se hace difícil explicar al resto del mundo esa actitud  de mujer golpeada que sigue sometida a su verdugo. Mientras tanto, el tiempo acumula afrentas a la verdad, los números falsos contaminan las nociones de valor de la moneda, poder adquisitivo y calidad de vida. Es la consagración del doble estándar nacional que en otras materias y en otros tiempos sólo se quebraba  cuando ya es demasiado tarde para lágrimas.

En otro plano, ante el recuerdo de los 34 años del golpe militar de 1976 somos crónicos apelantes de la memoria, de la verdad y de la justicia y a la vez, artífices de un sistema que conspira contra los tres valores. Usamos la historia a conveniencia de parte, recordamos sin acumular ni capitalizar lo vivido y convertimos la aplicación de la ley en venganza, impunidad u oportunismo con ese pasado calculadamente irresuelto.

La resurrección  inflacionaria y sus debates perimidos  o el retorno de las trincheras irreconciliables donde el odio vuelve a encontrar su campo de cultivo no es el mejor telón de fondo para celebrar doscientos años de historia. En todo caso es la revelación cruda de un cuerpo social con digestión defectuosa de los errores y dueño de  una memoria selectiva patológica.

 

(Columna publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba)

 

 

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La violenta rentabilidad

 Año 2010. “Hasta la victoria siempre, queridos hijos”. Es lo que se leía en un gran cartel con letras negras que coronaba el escenario del festival musical alusivo al Día de la Memoria en Plaza de Mayo. Es la frase más famosa de Ernesto Che Guevara con la que finaliza una carta dirigida a Fidel Castro en 1965 y le comunica que parte a otros campos de batalla para ampliar la revolución guerrillera cubana. La misiva culminaba con un legendario “Patria o muerte”.

En tiempos posmodernos, la consigna luce inofensiva, simbólica o idílica en millones de remeras, posters y souvenirs con el rostro del argentino que dan la vuelta al mundo de la mano de la industria cultural de masas. Pero aquí, un 24 de marzo, recordando el golpe del 1976 y como escenografía del discurso bélico de Hebe de Bonafini y su corte de artistas e intelectuales políticamente correctos, suena a reivindicación conceptual de la lucha armada.

Vestida con poncho rojo y con el puño en alto crispado, la mujer de pañuelo blanco más temida y justificada por la izquierda jurásica nacional dijo estar dispuesta a “dar la vida” por el proyecto de Néstor y Cristina, que cual padrinos mágicos financian con dineros públicos su emporio personal de derechos humanos a la carta. La misma señora que obligó a corregir el prólogo del Nunca Más porque, según ella, demonizaba también a esa divina juventud. Textual: “Nuestros hijos no eran demonios, sino revolucionarios, guerrilleros maravillosos y los únicos que defendieron nuestra Patria”.

La Argentina de hoy no es el país maduro y ejemplar que está juzgando hasta el último de los represores de una dictadura sangrienta. Parece más bien un campo minado de venganza y amor por la violencia auspiciado y propagado desde el mismo Estado. Sin las balas ni las picanas del Proceso, el sectarismo democrático de hoy se disfraza de memoria y la revancha de justicia. Los derechos humanos universales han sido capturados por una minoría reaccionaria que avala la persecución y el denuesto de los que se animan a objetarla.

El relato oficial ya no sólo pretende indultar la violencia preexistente al Golpe sino revestirla de una épica reivindicativa. Mientras tanto, el gobierno que comanda el Estado no duda en utilizar sus servicios de inteligencia, sus esbirros rentados y los canales oficiales para atemorizar opositores, jueces díscolos y periodismo crítico. La dualidad amigo-enemigo, patria-anti patria campea resucitada por esa facción que fabrica su combustible eternizando lo peor del pasado  al servicio de la propaganda.

Beatriz Sarlo describió los discursos de aquel día como intentos de preservar y sumergir al país en un “fantasmático presente infinito”.  Las mismas voces que paralelamente se alejan de la defensa cotidiana de los demás derechos humanos vulnerados e ignorados por el menú setentista .  Por suerte, aunque lentamente, algunos progresistas más universales, amantes de una libertad sin vetos dogmáticos, van levantando sus voces para conjurar la trampa de la violencia discursiva que hecha sal en las heridas para justificarse.  

(Columna publicada este domingo en el diario Día a Día de Córdoba)

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Esplendor de otra mediocracia

 Para José Ingenieros “en ciertos momentos la nación se aduerme dentro del país.  Los apetitos acosan a los ideales, tornándose dominadores y agresivos. Todos se apiñan en torno de los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro: nadie se sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en la vergüenza común”. Era su manera de describir las lacras morales que creía divisar allá por 1910, curiosamente en la Argentina del Centenario.

Imposible saber que diría aquel filósofo que despreciaba a viva voz a los traficantes del lucro y a la mediocridad del servilismo si se asomara por la vida pública nacional cien años después y tuviera que definir el vuelo corto y carroñero de la política como espejo del presente.

Un matrimonio que reina con gran astucia desde hace siete años con el pulso imbatible de una billetera todopoderosa. Una sociedad que saca boletos para la recuperación económica firmando cheques en blanco a un obsesivo compulsivo por el dinero como Néstor Kirchner. Esa misma sociedad que tardíamente descubre el exceso y busca remediarlo en las urnas votando opositores cuando ya se aguó la fiesta que disfrutaron pocos y la resaca se generaliza por la inflación.

En el Parlamento los debates se parecen a partidas de truco donde gana la picardía del osado o el que engaña mejor. El transfuguismo es un arte que va sumando cultores y multiplicando ganancias en bloques unipersonales. La virtud es anular al enemigo por el factor sorpresa, ridiculizarlo en la ingenuidad o comprar barata su conciencia.

 En El hombre mediocre, Ingenieros dice: “Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo representan. Todo se miente con la anuencia de todos; cada hombre pone precio a su complicidad, un precio razonable que oscila entre un empleo y una condecoración”. Leer estas páginas es pensar en los gobernadores de provincias y sus urgencias tan conmovedoras. Esas que avalan siempre cualquier capitulación frente a la billetera unitaria y prolongan la dádiva como instrumento de dominio.

Esta es una renovada mediocracia, señores. Definida hace cien años como el lugar donde ”jaurías de mediocres vinculados por comunes apetitos osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un ideal y reclutan una hueste de lacayos. Claman contra los abusos de poder, aspirando a cometerlos en beneficio propio”. Todo parecido con el presente no es mera coincidencia. Sólo falta agregarle nombres propios y lanzarlos especulativamente hacia  la próxima elección idealizando una salida invisible entre alternativas que se parecen demasiado.

 José Ingenieros sabía que muy pocos moralistas argentinos podían escribir tan categóricamente sin que les temblara el pulso. ¿Cuántos pueden levantarse hoy para rebatir aquella  crítica de época convertida en predicción?¿Cuántos somos los aludidos y quienes los dispuestos a transitar el camino inverso?  Dicen que prefería un solo convencido a cien admiradores literarios y que sería feliz si algún joven, por la lectura de sus páginas, se propusiera ser “el más virtuoso de sus contemporáneos”.

 

(Columna política publicada este domingo en el diario Día a Día de Cordoba)

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El Autor
Pablo Rossi

Nació en Córdoba el 03 de julio de 1971. Casado con tres hijos. Periodista de profesión, mejor lector, escritor de vocación y cocinero de oficio. Amante del fútbol y del buen vino. Desde la cuna con Instituto y riverplatense por elección.
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  • Guillermo: Pablo asi es como se constuye la destruccion de un pais. sudos
  • Pablo Rossi: Tu comentario es una demostración cabal de las anteojeras y los...
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