Parábola del arco y de la urna
La relación argentina con el éxito se parece mucho a sus convicciones futboleras. Las pasiones que desata la pelota que rueda por el césped dibuja de cuerpo entero a una sociedad resultadista, ambigua y contradictoria como cualquier grupo humano colgado de una tribuna en pos de la victoria. Tal vez por eso se alimentan y se contaminan mutuamente el deporte y la política, los barrabravas y los secretarios de Estado o los ciudadanos y los hinchas.
La anécdota no se acaba en el viaje de un grupo de profesionales de la violencia a Sudáfrica con pasaporte y financiamiento del sistema (políticos, jueces y empresarios). En todo caso es una imagen simbólica muy fuerte de quienes terminan apareciendo como abanderados eventuales del conjunto. De quiénes resultan premiados con miles de dólares para difundir o imponer la argentinidad al palo en el concierto de naciones que se dan cita en un Mundial.
Así como el hincha criollo pasa del exitismo al derrotismo crónico, las masas incluidas en ese conjunto llamado opinión pública oscilan y navegan con sus emociones a cuestas en busca de la satisfacción inmediata, la saciedad que provoca un gol, el éxtasis de una jugada maestra o la borrachera de soñar con ser los mejores del mundo por la magia de un genio salvador al que se le deben habilitar todas las pelotas.
Así en la tierra como en el cielo, en la cancha como en la economía, en la tribuna como en las urnas. No es casual que Néstor Kirchner se asome en las encuestas del pos bicentenario como aquel técnico de fútbol que en los avatares de la tabla de posiciones o en el azar del juego puede pasar de odiado a deseado de un domingo para el otro. Esa forma de consagrar o crucificar, de idolatrar o defenestrar que destila el fútbol profesional es perfectamente trasladable a la sociedad y su comportamiento político.
Billetera llena mata galán, goles son amores y pantallas gigantes en cómodas cuotas o codificadores de alta definición para los desposeídos son tentaciones nacionales demasiado grandes como para que se resista un caudillo pícaro y con viento a favor. Para otros habrá más subsidios, aumentos jubilatorios justos y por decreto y mucho espectáculo celeste y blanco que reconstruya la autoestima socavada por la patria mediática y gorila. Y si hay inflación que no se note, al menos hasta que los opositores se terminen de cocinar en su salsa de egos ardientes e indisolubles.
La mano de Dios y el barrilete cósmico que hizo dos goles a los ingleses sumergieron al país en 1986 en un placentero sopor que nos hacía reyes del mundo de la pelota. Al año siguiente Raúl Alfonsín perdía las elecciones y el velo de una economía decadente se desgarraba para desembocar en la hiperinflación final de 1989. Soberanos del fútbol y mendigos del pan nuestro de cada día. Es la parábola del arco y de la urna. Una disyuntiva crónica para hacer y gritar los goles adecuados.




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